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Escrito por en jun 2017 en Blog | 0 comentarios

¿TÉCNICA? ¿ARTE? … VIDA

Este artículo lo puedes leer en aprox.: 10 minutes

 

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Teo Vallet Sánchez. 19 años

Mi querido maestro, Ovidio:

Como tengo tanto que decirte, creo que una buena introducción será empezar por recordar que la magia existe. Debe existir, me digo, porque de lo contrario cómo sería posible que justo recibiera tu correo el día en que soñé contigo. No he podido respondértelo antes porque, como bien vaticinabas, la carrera me tiene maniatado la mayoría del tiempo… pero aún no ha conseguido robarme el hueco que tengo reservado en el corazón a las personas que me importan. Soñé, verás que simple, que andaba por el colegio y te veía y exclamabas un “¡Hombre, Teo!” que puedo incluso oír de fondo mientras te escribo. Y te daba un abrazo. Yo creo que en la simpleza de ese sueño sin embargo había y hay una magia reveladora. Y es que precisamente necesitaba de alguna forma conectar contigo y el subconsciente te trajo a mí.

Está siendo esta etapa universitaria mucho más ardua y difícil de cuanto había imaginado… y me está haciendo replantearme muchas cosas. Yo creo que empezaré diciéndote que soy feliz. A pesar de que haya días que me pesen precisamente, creo que soy un ser afortunado. Todos lo somos en realidad, Ovidio. Podemos despertarnos cada mañana, peor o mejor, pero lo hacemos. Cada día se nos brindan oportunidades distintas que a veces ni percibimos… La vida está repleta de misterios que, por falta de tiempo o mala organización, no sabemos ver. A mí, lo que más feliz me hace es ver los almendros en flor, oír los pájaros cantar, sentir la brisa del viento. Esas pequeñas cosas me hacen enormemente dichoso. También me siento lleno cuando veo que mi hermana me busca para pedirme consejo, o cuando llego a casa y tengo un plato caliente para cenar que mi padre ha elaborado con todo su esfuerzo, o cuando mi madre me abraza y vuelvo a ser sólo parte de ella.

Me siento orgulloso de poder tener la capacidad mental y económica para acceder a estudios universitarios. Para cursar una carrera porque eso me permite formarme, aprender, descubrir el mundo, vivir supongo. No todo el mundo puede acceder a estudiar Ingeniería Industrial, a mí se me ha admitido y no valorar eso es de ser un desagradecido. No obstante, toda moneda tiene una cara y una cruz. Y a veces nuestras cruces pesan demasiado.

Tengo miedo a no estar aprovechando bien mi vida, a formalizarla demasiado, a regirla bajo demasiadas normas, bajo demasiada moralidad externa… a que un día quiera levantarme a probar del fruto de la vida y se me haya secado el riachuelo. Me dirás: ¿por qué piensas eso, Teo?… Bueno, siempre he sido una persona emocional, Ovidio, pero a la par muy prudente. Y siempre he antepuesto deber a querer, razón a voluntad. También sabes que soy ordenado y esquemático: me planifiqué el que creía, y creo, es el mejor trayecto cultural. Primero, estudiaría una carrera de ciencias y, luego, daría rienda suelta al corazón.

La verdad es que no me considero cobarde, nunca lo he sido. Lo que sí me considero es obediente. Y yo siento sobre mis hombros una gran responsabilidad. La de mi futuro. No debería preocuparme tanto, me digo a veces, pues sólo tengo 19 años y una vida por delante… pero lo cierto es que el camino se hace pasito a pasito. Y cada piedra tiene su valor en la muralla. Si bien es estúpido intentar adivinar qué será de mí en veinte años, también lo es no pensar en las consecuencias de actos tan importantes como estudiar una u otra carrera.

Por suerte o por desgracia, me he criado en una familia donde la voz de mi padre siempre ha sido más bien intransigente, impermeable e inamovible. Su abuelo, su padre y él mismo han trabajado para Iberdrola (aunque se llamara antes con otro nombre) y han desempeñado papeles que les han ganado el respeto y la admiración en su profesión, además de garantizarles un buen sueldo cada mes. La obsesión de mi padre, que ha conseguido con favores que mis primos y tíos también entraran a la empresa, es que yo siga la tradición y sea la cuarta generación. Él está plenamente confiado en que valgo para ello… pero yo no.

Mi lugar no es un despacho, creo. Mi lugar está donde mi mente me lleva, allá donde un libro es capaz de transportar al lector, dónde el cuadro sumerge al que observa atónito, dónde la melodía embauca al que escucha atento. Mi lugar está entre las telas de un diseño, entre las anotaciones de un guion o entre los pasos de una danza. Mi lugar está en la originalidad, en la espontaneidad, en la libertad que el Arte es capaz de plasmar. Mi sueño es ganarme el respeto y la admiración que mis antepasados se ganaron con las ciencias pero mediante la vía del arte.

Pero el arte, Ovidio, está desarropado entre tanto cable y enchufe, entre tanta máquina de no pensar. A mí, pensar que mi vida pueda ser una rutina de acciones programadas tras un ordenador, enchaquetado como mi padre, me desmoraliza, me hunde. ¿¿Entonces por qué estudias una Ingeniería?? Y encima, una de las más complicadas (Telecomunicaciones, Aeroespacial e Industrial tienen la fama de ser mataderos)…

Por miedo, por orgullo, por ansia de conocimiento.

Miedo, aunque he dicho ser valiente, a que los augurios de mi padre sean ciertos. “Un artista se muere de hambre”. Y es verdad que para muchos artistas su arte no les paga las hipotecas, la compra y los gastos. Yo no quiero bajar mi calidad de vida y durante tantos años he escuchado esa frase que me la he llegado a creer. Tal vez no sea tan bueno en lo que creo ser bueno. Tal vez, si me amarro a mis sueños, puedan convertirse en pesadillas. Tal vez, es mejor tener miedo y mejor malo conocido que bueno por conocer…

El orgullo y la ambición también son dos impedimentos a cambiar mi travesía. Porque puede ser que, si diera un paso atrás y optara por otra carrera, mi imagen quedará manchada como “aquel que no pudo con eso, aquel que se rindió, aquel que no llegó a la talla”. No sé. No me gustaría que la gente me dijera que eso no es para mí, porque en cierto modo me sentiría torpe, incapacitado para estudiar lo que estudio ahora, inválido. Sin embargo, uno debe ser humilde y saber cuando no puede con algo y es mejor aceptarlo que destruirse en el intento. La verdad es que a día de hoy no sé si soy un buen ingeniero o si algún día lo seré, si valgo para ello o si estoy perdiendo tiempo de mi vida en un intento frustrado de ser una calcomanía de lo que la gente espera de mí… Bueno, también cabe la posibilidad de que la gente no espere nada de mí, salvo ser feliz… aunque sé que mi padre está empeñado en que siga los que considera mejores pasos para mí.

El tercer motivo, el ansia de conocer cosas. Ese es el que me resulta motor más potente cada mañana. Pensar que cada mañana puedo aprender cosas nuevas que, de otro modo, no tendría a mi alcance. El arte vive en mí, la ciencia no. Rehusar de ella es rehusar de una parte que me interesa y que despierta mi curiosidad. Siempre he dicho que soy un prototipo neo-renacentista, que me gusta el humanismo y que el hombre humanista es capaz de buscar huecos a los conocimientos más diversos. Esa es la principal razón por la que puedo decir que amo mi carrera, porque me ofrece una visión distinta del mundo a la que no quiero renunciar.

Con todo esto, puede que te preguntes… ¿pero qué clase de carrera es esa? Bueno, te aseguro que estudio con alma y cuerpo, todos los días, trasnochando noches y madrugando días. La biblioteca me conoce más que a sus propios libros, sin embargo, por ponerte un ejemplo para que puedas entender las cosas mejor, he sacado un 0’4 en Dibujo cuando con Inma tenía matrícula. Y no es que sea un torpón, la media de la clase es un uno. Hay un 93% de suspendidos. Y como con esa asignatura, con todas. Hacen verdaderas matanzas con los exámenes, principalmente porque pueden ya que es una carrera demandada por cerebritos y les interesa quedarse con pocos y brillantes, quitándose a la gente menos inmortal. Mi situación es la de muchos compañeros míos respecto de sus notas, aunque no respecto de sus proyecciones de futuro. Yo siempre sueño con que me toque la lotería y no tenga la presión económica sobre mis actos.

Te echo mucho de menos, por eso apareciste en mi sueño, porque echo de menos el lado que me conectaba con las emociones y con el pensamiento irracional (al cual no tengo tiempo para dedicarle). También porque echo de menos profesores que vibren en sus clases de alegría y que transmitan esa intensidad al alumnado. Porque echo de menos profesores que consiguen enternecer a alumnos y convertirlos en amigos. Que se preocupan por saber sus nombres, porque se sientan a gusto en sus clases y porque progresen en la vida. Aquí, en la universidad, hay una especie de gélida barrera de indiferencia entre profesores y alumnos. Y es triste que una profesión tan humana suponga una distancia y no un acercamiento.

Estuve pensando la semana pasada. Me imaginé, como tú, dando clases a chavales de Filosofía o de Literatura (creo que mis dos asignaturas favoritas), conversando sobre poemas, sobre teorías o sobre el sol de estos días de primavera. Y dije… ojalá algún día encuentre el modo de orientar mi vida hacia algo que me haga plenamente feliz. Porque de algo sí estoy seguro: la decisión la debo tomar yo. Ninguna opinión podrá hacerme cambiar si yo no quiero. Y ahora mismo aún no me siento preparado para dar una respuesta final. Dicen que si a la larva la ayudas a salir de la seda cuando se está convirtiendo en mariposa, la mariposa será frágil y morirá. No obstante, si la larva trabaja, se esfuerza, sacrifica un instante de su vida en poder abrir el capullo, cuando salga será mariposa fuerte y válida para luchar. Yo soy larva aún en ese aspecto y necesito tiempo para madurar y dar un veredicto. Fui larva con mi sexualidad durante diecisiete años, siempre presionado por el miedo que me provocaba la sociedad de la que me hablaba mi padre, hasta que rompí el capullo y florecí con fuerza, por mí mismo… Si alguien me hubiera sacado prematuramente, no tendría el coraje que tengo hoy. Y en este aspecto, confío en Dios quiere que se aclaren las aguas pero a su debido tiempo.

Espero no aburrirte con mis palabras, amigo mío. Deseo que, el viernes que tú me digas, podamos charlar en el parque o en el río o donde quieras.

PD: Recordé a nuestro amigo Miguel, desde luego, leyendo unos versos de El rayo que no cesa. Miguel está vivo en cada corazón de los que somos familia de tinta. Un fuerte abrazo, aunque no en sueños esta vez, amigo y maestro Ovidio.

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