C/En Sanz, 6 - pta. 9. 46001 Valencia. Tel: 963 256 294
TwitterFacebookASK IvapsanLinkedIn IvapsanGoogle Plus + Ivapsan

Menu Secciones

Escrito por en ago 2016 en Blog | 0 comentarios

Artrosis (I). Descripción y evaluación psicológica

Artrosis (I). Descripción y evaluación psicológica

Este artículo lo puedes leer en aprox.: 24 minutes

 

imagesTH12VMKQ

 

I. DESCRIPCIÓN DE LA ENFERMEDAD

I.1. Aspectos físicos.

            Es una enfermedad degenerativa articular, que va destruyendo el cartílago hialino que recubre la superficie ósea de las articulaciones sinoviales (rodilla, cadera, columna, manos…), a lo largo de un proceso que dura generalmente años.

            El cartílago de la articulación afectada se ablanda y luego se desgarra, con lo que queda al descubierto el hueso que se encuentra debajo, que por el roce que debe soportar, se endurece y comienza a crecer en forma de espolones por dentro y alrededor de la articulación, impidiendo paulatinamente su libre movimiento.

            El cartílago es un tejido unicelular, cuya célula, llamada condrocito, presenta un metabolismo que da lugar permanentemente a la regeneración y degeneración del tejido. La artrosis no es un proceso estático, ni surge en un momento dado ni por una incidencia concreta. Al contrario, va desarrollándose como consecuencia de diversos factores mecánicos y biológicos que alteran dicho metabolismo, desajustando su equilibrio y dando lugar a un adelgazamiento del cartílago, asociado a cambios del hueso subyacente y de las estructuras articulares, provocando derrame sinovial, laxitud de ligamentos y debilidad muscular.

Sus síntomas físicos más evidentes son dolor, rigidez e incapacidad funcional de la zona afectada, impidiendo su normal desenvolvimiento. Cuando ésta interviene en el desplazamiento (cadera y, sobre todo, rodilla) provoca una fuerte limitación de la autonomía personal, llegando, en estados avanzados, a provocar la inmovilidad.

En las fases iniciales, el dolor se asocia al esfuerzo de la zona afectada y aumenta a lo largo del día; en fases más avanzadas, puede ser permanente, incluso en reposo. Adquiere por ello los rasgos de un dolor crónico.

Por otra parte, como consecuencia del aumento del componente óseo y capsular aparecen deformidades articulares, y en ocasiones hinchazón e inflamaciones, aunque estas últimas son más características de la artritis, que a veces se confunde con la artrosis. Sin embargo, esta última es una enfermedad crónica y degenerativa.

En cambio, no hay alteraciones analíticas específicas de la artrosis, ni, por tanto, marcadores que permitan diagnosticarla ni seguir su evolución mediante técnicas de laboratorio. Es la exploración radiológica la que muestra imágenes inequívocas del deterioro del cartílago.

I.2. Aspectos psicológicos.

            Como variables psicológicas asociadas a la artrosis destacan las propias del dolor crónico, focalización de la atención hacia la zona afectada, desgana e indolencia para las actividades que requieren usarla, desesperanza y sensación de fracaso de los tratamientos seguidos, dependencia de analgésicos y psicofármacos, estados de irritabilidad y malhumor, incluso reacciones de ira más o menos frecuentes e intensas.

Además de estos aspectos específicos ligados al dolor crónico, la pérdida de funcionalidad conduce a la minusvaloración por parte del paciente y a cierta conciencia de inutilidad, al no poder acometer determinadas tareas, o incluso tener que abandonar su trabajo o actividad habitual, pudiendo provocar retraimiento y aislamiento, y, en suma, deterioro de las habilidades sociales.

En las fases avanzadas, puede generar miedo a realizar por sí solo las funciones más elementales, como permanecer de pie, desplazarse por la vivienda o coger objetos o niños pequeños, y, por extensión, situaciones de miedo y agobio cada vez más permanentes, o reacciones de reclamación exagerada por parte del paciente a quienes le rodean de sus cuidados y atenciones.

Pero las variables psicológicas no sólo actúan como reacción al síntoma, sino que son parte de la experiencia del dolor, de modo que cualquier dolor encierra un componente psicológico que lo constituye. Es decir, el dolor, además de una percepción corporal, es una experiencia emocional que forma parte del proceso de adaptación, para lo cual el sujeto genera diversos comportamientos (GAVIRIA, 2006).

Entre las variables asociadas al dolor crónico, pueden distinguirse las emocionales y las cognitivas (MONSALVE, 2009).

Entre las variables emocionales, destaca la ansiedad como uno de los factores moduladores del dolor. Por un lado, por el círculo vicioso dolor-tensión muscular-dolor, que contribuye a aumentarlo o disminuirlo. Por otro lado, por la atención focalizada a las sensaciones corporales, contribuyendo a mantenerlo o aumentarlo. Finalmente, porque una ansiedad elevada impide discriminar el dolor de otras sensaciones corporales, llevando a una confusión entre ellas.

También como variable emocional es relevante la depresión, así como los estados relacionados con ella (tristeza, pesimismo, desesperanza…). Además de consecuencia del dolor, se la ha relacionado con una disminución del umbral del dolor, y con las creencias del paciente sobre él, sobre sus recursos para solucionarlo, su inevitabilidad, lo que puede aumentar la sensación dolorosa.

Una tercera variable emocional es la dificultad para expresar las emociones. La frustración por la permanencia de la enfermedad, el fracaso de las terapias, la imposibilidad de ciertas actividades, etc. provocan un estado de irascibilidad y de dificultad de expresar los sentimientos que puede contribuir a aumentar el dolor, así como la conciencia de incomprensión por el entorno ante la situación del paciente.

Finalmente, aunque no sólo en el caso de la artrosis, se han registrado (PÉREZ y GARAIGORDOBIL, 2007) en personas con discapacidad motriz puntuaciones superiores respecto a quienes no la padecen en varios síntomas psicológicos, como obsesión-compulsión, ansiedad fóbica, psicoticismo e índice de distrés por los síntomas.

Entre los factores cognitivos relacionados con el dolor, destaca la valoración, en cuanto proceso que determina en qué medida afecta una situación y cómo puede afrontarse. De esta variable cognitiva dependerá resultar más o menos afectado por el dolor y por las limitaciones de la enfermedad. En ese sentido, la atención, las creencias sociales sobre el dolor y su tratamiento, la percepción del control, las experiencias previas, la información, etc. son factores que intervienen en la valoración y que influirán en la reacción del paciente ante su enfermedad.

Conforme registró D. KRZEMIEN (2007) entre mujeres adultas que han alcanzado la vejez, el estilo de personalidad determina los estilos y estrategias de afrontamiento ante situaciones críticas, como puede ser la artrosis, con dolor crónico y limitaciones funcionales. Así, el afrontamiento activo y el apoyo emocional se asocia positivamente con la extraversión, la modificación y la comunicatividad, y negativamente con el retraimiento, la acomodación y la introversión. Asimismo, el afrontamiento focalizado se relaciona positivamente con la firmeza, el control y la intuición y negativamente con vacilación y sometimiento.

            También se ha destacado la relevancia del apoyo social y familiar en la experiencia del dolor crónico, concluyéndose que la satisfacción con el apoyo percibido procedente de la red familiar es el único predictor de ansiedad y depresión en los enfermos crónicos. Lo que parece confirmar que los factores de interacción social pueden ser determinantes del bienestar psicológico futuro de los pacientes con enfermedades del tipo de la artritis y de la artrosis (VINACCIA y cols., 2005).

I.3. Aspectos sociales.

Desde el punto de vista social, y dados los síntomas antes descritos, el mero dolor crónico en articulaciones esenciales para las tareas de movimiento y carga, es muy limitativo de estas funciones. Por eso, cuando impide la normal funcionalidad de la zona afectada, incide de lleno en el desarrollo de las actividades laborales, pero también de las cotidianas y domésticas, haciendo inviable para el paciente el desarrollo de aquellas que requieren mayor esfuerzo o movilidad física.

Como puede empezar a manifestarse en torno a los 45 años, es un motivo frecuente de absentismo laboral, muchas veces por períodos prolongados de tiempo, bajo la forma de incapacidad laboral transitoria. Con los años, no es raro que sea también motivo de invalidez permanente, al menos para el trabajo habitual, aunque no impida otras ocupaciones menos exigentes en lo físico. Por lo mismo, conduce, en bastantes ocasiones, ala jubilación anticipada.

Puesto que en las sociedades desarrolladas está generalizada la protección social compensatoria de esas situaciones, hay un importante gasto social por los poderes públicos dirigido a esa finalidad, y, por consiguiente, buena parte de los recursos generales de un país se ven comprometidos por la frecuencia de la artrosis.

I.4. El dolor crónico en especial.

            Puesto que el dolor crónico es el primer síntoma que refieren los pacientes de artrosis, debido al cual se limita su funcionalidad y se provocan otros aspectos psicológicos, merece un detenimiento especial.

            La Asociación Internacional de Estudios del Dolor (IASP, 1979) definió este como “experiencia sensorial y emocional desagradable asociada a una lesión presente o potencial o descrita en términos de la misma”.

            En los años sesenta y setenta del pasado siglo, los avances neurofisiológicos y neuropsicológicos hicieron evidente que el dolor no sólo resulta de los mecanismos aferentes desde los receptores sensoriales hacia el sistema nervioso central, sino que puede haber interferencias en esos canales ascendentes e incluso daños en el mecanismo descendente de control que pueden modular o interferir en la experiencia del dolor. La teoría de la puerta o de la compuerta, de METZACK y WALL, en 1965, o los desajustes en la 5-hidroxytryptamina, neurotransmisor químico del control, estudiados por WARD, BLOOM y FRIEDEL, en 1979, pusieron de relieve que el dolor no resulta sólo de una lesión o daño tisular, sino que encierra muchos otros componentes.

            Entre ellos, se fue destacando la gran relevancia de los aspectos y las variables de orden psicológico en la experiencia del dolor, hasta el punto de considerar el dolor como una percepción multidimensional (MELZACK y CASEY, 1968), con tres dimensiones fundamentales: la discriminativo-sensorial, la motivacional-afectiva y la cognitivo-evaluativa, siendo esta última, a nivel cortical, la que produce la integración final de la experiencia dolorosa, que, por tanto, no depende sólo de los estímulos sensoriales ni de las respuestas emocionales a ellos, sino también del aprendizaje conductual, de la interacción con personas del entorno, de las ganancias y pérdidas asociadas con experiencias anteriores, etc. (DONKER, 1999); siendo esta dimensión la que aporta al dolor su componente más subjetivo e individualizado.

            Cuando el dolor pasa de ser un episodio esporádico a convertirse en crónico puede resultar devastador, afectando a la esfera social del paciente, que se aísla y se retrae, a la laboral, con conciencia de inutilidad, y a la familiar y de pareja, renunciando a sus expectativas, lo que produce un gran impacto negativo sobre la persona y aumenta su padecimiento (VALLEJO, 2008).

            Por todo ello, la intervención psicológica en pacientes con dolor crónico es irrenunciable, aunque su subjetividad puede dificultar su evaluación, y por ello se practican procedimientos diversos, como luego se expone. Pero del adecuado manejo por el terapeuta de la experiencia de dolor del paciente y de los recursos que le suministre pueden derivar unas mejores estrategias de afrontamiento por parte de éste y, en definitiva, una mejora de su calidad de vida.

            Desde la psicología, se estudia el dolor crónico con diversas aproximaciones:

            – Psicodinámica: El dolor pone de manifiesto una personalidad propensa al dolor y con componente depresivo (neurosis de conversión, depresión, hipocondría)

- Conductual: El dolor se hace crónico como resultado de un proceso de aprendizaje, en el que hay condicionamiento operante, clásico y vicario u observacional.

- Cognitiva: Pone el énfasis en delimitar la influencia de los procesos cognitivos superiores (pensamientos, emociones…) en la génesis y experiencia del dolor.

            En todo caso, hoy se ha superado el enfoque dualista, que estudiaba por separado las variables físicas y las psíquicas. Todas las aproximaciones son ya multidimensionales, estableciendo una interrelación entre ambos tipos de variables, como confirman numerosos estudios en distintos ámbitos geográficos y poblacionales.

La autoeficacia es ya una variable indiscutida y fundamental de intervención sobre la percepción del dolor y demás variables estrechamente relacionadas con él, como depresión, discapacidad funcional, ansiedad y otras (VINACCIA y cols., 2005). Del mismo modo que las creencias de incontrolabilidad del dolor, una baja creencia de autoeficacia en el mismo y recurrentes pensamientos catastrofistas se asocian a una mayor incapacidad, inadaptación y peor ajuste (TRUYOLS y cols., 2008).

I.5. Causas y factores de riesgo de la artrosis.

            Las causas de la artrosis no son todavía absolutamente claras, aunque cabe hablar, por un lado, de factores locales, propios de cada articulación, como el esfuerzo físico reiterado sobre una zona, microlesiones, o el sobrepeso para las de rodilla y cadera; y, por el otro, de factores sistémicos, como edad, sexo, genética y osteoporosis (estado hormonal del tejido óseo).

Aún no se ha precisado el papel del hueso subcondrial en la generación y el desarrollo de la enfermedad, y por ello no puede establecerse una asociación cierta ni unívoca entre osteoporosis y artrosis.

En cambio, sí ha podido apreciarse una alteración genética de la mitocondria (encargada de la producción de energía en las células), que afecta al condrocito. Este último segrega una matriz extracelular que dota al tejido cartilaginoso de elasticidad y resistencia, pero cuando este proceso dinámico de construcción y destrucción se desajusta, se favorece el desarrollo de la artrosis.

Por tanto, puede haber predisposición genética a la enfermedad. Concretamente, el haplogrupo U, en pacientes con artrosis de rodilla, serían los más predispuestos, mientras que los del haplotipo J estarían protegidos. Al parecer, estos últimos producen menos radicales libres, mientras que los del hapotiplo U producen menos SOD2 (superóxido dismutasa mitocondrial), que se encarga de destruirlos, por lo que la mayor concentración de éstos viene asociada con la enfermedad.

Entre los otros factores citados, edad y sexo, cabe señalar, respecto a la edad, que por debajo de los 40 años no es frecuente una sintomatología grave, sin perjuicio de que pueda padecerse la enfermedad en sus estados iniciales, con dolores esporádicos pero que no afectan a la funcionalidad ni desarrollan las variables psicológicas asociadas a la artrosis.

A partir de los 45-50, sin embargo, se incrementa la proporción de afectados, con dolores más permanentes y con los primeros síntomas psicológicos de la enfermedad. En las sociedades desarrolladas del primer mundo, dado el envejecimiento medio de la población, hay un incremento notable de la incidencia de la artrosis. Así, mientras su incidencia sobre el total de la población española es de un 10 por 100 (SER, 2009), afecta a sólo un 2 por 100 a los 45 años, pero se multiplica hasta el 68 por 100 entre los mayores de 65.

Según el estudio ITACA (Casals y Samper, 2004), el único epidemiológico realizado en España sobre el dolor no oncológico, la mayoría de pacientes con dolor crónico se sitúa entre 55 y 70 años, y de ellos, más de un 30 por 100 era a causa de la artrosis, sufriendo de dolor más de cinco años, y más de un 75 por 100 de los afectados padecía limitaciones en su actividad física.

De manera que resulta evidente que la edad es una variable estrechamente asociada con la artrosis, aunque ello no permite afirmar sin más que ésta sea una mera consecuencia del envejecimiento (CNU, 2009).

En cuanto al sexo, no hay diferencias entre hombres y mujeres por debajo de los 45-50 años, y aunque la menopausia puede provocar en ellas ciertas alteraciones o sintomatologías musculares, no se ha establecido su correlación con la artrosis.

Por el contrario, a partir de los 65 años, cuando aumenta la incidencia de la enfermedad, los hombres resultan más afectados en la cadera y las mujeres en las manos y rodillas. En cambio, no hay diferencia por el sexo en cuanto a las afecciones de columna, zona lumbar, hombros, etc. En suma, el sexo es relevante en cuanto a la zona afectada, pero no en cuanto a la frecuencia de la enfermedad.

Finalmente, también hay otros factores menos estudiados, pero que parecen adquirir cierta relevancia, como el clima, que, en contra de las creencias habituales, registra una mayor presencia de la enfermedad en los climas cálidos que en los más fríos.

            En síntesis, pueden sintetizarse los factores de riesgo del siguiente modo (MASSARDO, 2009):

-          Riesgo fuerte positivo: Aumento de la edad, historia familiar positiva, obesidad.

-          Riesgo débil positivo: menopausia precoz, diabetes, hipertensión

-          Riesgo negativo: osteoporosis, tabaco

-          Riesgo local: trauma, actividades físicas especiales, forma articular anormal

 

II. EVALUACIÓN DE LOS ASPECTOS PSICOLÓGICOS DE LA ARTROSIS.

           Toda enfermedad es una experiencia multidimensional, única para cada persona, en la que intervienen aspectos físicos, sociales y psicológicos, como percepciones, atención, sensaciones, motivación, valoración cognitiva, etc.

            En el caso de la artrosis, según se ha descrito, dado que su principal síntoma y el que provoca mayores limitaciones funcionales y más impacto psicológico es el dolor, la evaluación del paciente debe atender especialmente a él, aun sin perder de vista otros aspectos, como conductas motoras externas, pues su conocimiento permitirá un análisis más preciso de los efectos que el entorno y los acontecimientos ambientales (como el refuerzo social) tienen sobre las conductas de los pacientes con dolor crónico.

II.1. Objetivos de la evaluación.

            OLIVARES y CRUZADO (2008), los sintetizan del siguiente modo:

  1. Determinar frecuencia, intensidad, localización y cronología del dolor
  2. Determinar estado emocional, cogniciones, expectativas y conductas
  3. Determinar antecedentes internos y externos que aumentan o disminuyen la experiencia del dolor.
  4. Determinar consecuencias a corto y medio plazo de las conductas y experiencia del dolor, en lo personal, familiar, laboral y otras actividades.
  5. Determinar grado de adaptación al dolor crónico, estado emocional, afrontamiento, funcionamiento personal, de pareja y familiar
  6. Llamar la atención sobre el rol de los factores psicológicos en la experiencia del dolor.
  7. Formular el caso clínico y los factores modificables
  8. Diagnóstico psicopatológico, si es procedente
  9. Determinar intervenciones y terapias más apropiadas
  10. Valorar el resultado previsible de las intervenciones

Basta la lectura de estos objetivos para advertir que la evaluación del dolor crónico de la artrosis no se dirige sólo a su aspecto físico, sino que también persigue una evaluación conductual, tanto para identificar conductas que necesitan modificarse como para identificar variables que controlan la ocurrencia del comportamiento.

            Desde esta óptica, la evaluación conductual se centra, básicamente, en la de las conductas motoras, las conductas cognitivo-verbales y las respuestas fisiológicas, habiendo múltiples procedimientos e instrumentos para ello.

2.2. Procedimientos de evaluación.

            Se exponen los más relevantes y algunas observaciones sobre su uso.

A)     Entrevista

Debe ser la primera técnica de evaluación. Desde luego, con el paciente, pues suministrará información sobre casi todos los objetivos antes enunciados, con observación directa de conductas de dolor (gestos, reflejos, posturas, etc.). Pero también con familiares y cuidadores, no sólo cuando aquel padezca daños cognitivos o de comunicación, sino también porque dan una información crítica contrastable con la del paciente y ampliatoria en aspectos como conductas, reacciones, y otros.

Es importante que la entrevista comience sobre los aspectos físicos y médicos, pues si se suministran al principio cuestionarios sobre estados emocionales o síntomas psicopatológicos, el paciente puede malentender que se desprecia la base física de su dolor, o que se considera que éste no es “real”, sino “psicológico”.

            Existen formatos estructurados de entrevista con el paciente, la pareja y la familia, como los de Fordyce de 1976. La entrevista conductual suele emplearse para evaluar patrones de dolor y para medir los patrones de actividad en pacientes con dolor crónico. Su fiabilidad puede ser baja, pues el comportamiento del paciente y la información verbal pueden estar influidos por el contenido y por la situación.

B)     Escalas visuales analógicas y categoriales

Suelen medir el dolor mediante una sola pregunta al paciente, que lo valora en una escala visual-analógica (VAS) o categórica, bien verbal, bien numérica.

            Las escalas VAS consisten en una línea de 10 cm, sobre la que el paciente sitúa su grado de dolor. Son útiles para medir el cambio del dolor tras alguna intervención. Pero su aplicación es más lenta y su comprensión más compleja que la de las categoriales.

            Entre éstas, la verbales suelen tener pocos niveles, por lo que detectan pocos cambios. Las numéricas permiten discriminar mejor, pero puede ser difícil para el paciente aportar un número discreto definidor de su dolor. Ambas presentan niveles considerables de fiabilidad.

            Tanto las VAS como las categoriales permiten medir también estados emocionales, cambiando los extremos.

C)      Autorregistro

Evalúa la frecuencia y duración de los síntomas a lo largo de un lapso temporal, mediante el registro por el propio paciente, sobre una tabla horaria y de días, ofreciendo información de en qué momentos o actividades aparecen, aumentan o disminuyen. Asimismo, suele proporcionar información sobre la actividad cotidiana del paciente, ejercicio, descanso, etc., permitiendo conocer sus niveles de comportamiento y las posibles variables que lo controlan.

Tiene la ventaja de su carácter inmediato, evitando depender del recuerdo, pero también el problema de la reactividad debida a la atención sostenida al dolor. Y en el caso de los pacientes con dolor crónico, sus registros muchas veces no son fiables, habiéndose observado una frecuente distorsión negativa en quienes tienen afectada la parte baja de la espalda (KEEFE, 1982, cit. por DONKER, 1999).

D)     Cuestionarios

Hay cuestionarios propios para distintos síndromes dolorosos específicos, entre ellos la artrosis. Y otros genéricos sobre el dolor, sobre el afrontamiento, la funcionalidad y calidad de vida, así como sobre indicadores psicopatológicos.

Entre los genéricos sobre el dolor, los de mayor utilización son:

-          MPQ (Cuestionario del Dolor de la Univesidad McGill), Melzack, 1975 (versión española de Lázaro y col. en 1994), con una versión abreviada del mismo, en 1987. Persigue evaluar la dimensión sensorial, la afectiva y la evaluativa. Consta de varias partes, que tras dibujos delantero y posterior del cuerpo humano; se dirigen a calificar la experiencia dolorosa, mediante 68 adjetivos en 20 grupos; registrar la manera en que cambia el dolor en el tiempo; y medir la intensidad del dolor en una escala de 5 índices.

-          MMPI (Inventario Multidimensional del Dolor de Minnesotta), de 1985 (versión española de Andréu y col., 2006). Consta de tres partes, que evalúan la experiencia del dolor, en sus distintos aspectos; la respuesta de los allegados al dolor del paciente; y su participación en diferentes actividades diarias. Tiene el inconveniente de que mide más rasgos de personalidad que comportamientos específicos.

-          BPI (Inventario Breve del Dolor), de 1994, con versión española de Badia y col., en 2003). Mide la intensidad del dolor en el momento, en las últimas 24 horas, y el peor nivel en esas 24 horas.

Entre los que evalúan el afrontamiento ante el dolor, los más referenciados en España son:

-          VPMI, de 1987 (versión española de Esteve y col., 1999). Consta de dos escalas con 18 ítems que evalúan la frecuencia con que los pacientes utilizan estrategias activas o pasivas ante el dolor intenso o moderado.

-          CSQ (Cuestionario de Estrategias de afrontamiento), versión española de Soriano y Monsalve, 1999. Con siete escalas, que agrupan 6 ítems cada una, que evalúan diversas estrategias, como desvío de la atención, incremento de actividad, etc. más otros 2 ítems sobre el control del dolor y la capacidad para disminuirlo.

-          CAD (Cuestionario de Afrontamiento al Dolor), de 2002, con versión reducida de 2004. Tiene 31 ítems (24 en la reducida) que miden el grado o frecuencia de utilización de las estrategias y otros 2 de segundo orden.

Para medir los indicadores psicopatológicos de trastornos de este tipo, o el malestar emocional con síntomas como depresión, ansiedad, ira e irritabilidad, que pueden retroalimentar el dolor, los cuestionarios más utilizados son:

-          HAD (Zimong y Snaith, 1983). Con 7 ítems referidos a la ansiedad y otros 7 a la depresión. Muy usado para evaluar el dolor crónico.

-          BDI (Inventario de depresión de BECK), de 1979, con versión española de Vázquez y Sanz, en 2000.

-          BHS (escala de Desesperanza de BECK), de 1974, versión española de Aguilar y col., 1995.

-          SSI (Escala de Ideación Suicida, de BECK), de 1979.

-          BAI (Escala de Ansiedad, de BECK), de 1988, versión española de Sanz y Navarro, de 2003.

-          MINI (Entrevista Neuropsiquiátrica Internacional), Ferrando y col., 1998.

 

E) Evaluación psicofisiológica del dolor.

            Muy útil en el dolor agudo y en el crónico. Se observan las respuestas psicofisiológicas al dolor, como conductancia de la piel, tasa cardíaca o alteraciones en la tensíón muscular, que revelan factores de este tipo y esterotipias de respuesta al estrés. También son útiles para valorar determinados tratamientos o predecir la eficacia de ciertas intervenciones, al permitir identificar respuestas específicas y patrones de conducta en distintas condiciones.

            Dada la variedad de instrumentos y procedimientos de evaluación, ciertas consideraciones de tipo práctico han de tenerse en cuenta.

En primer lugar, la evaluación psicológica en enfermedades de base orgánica o fisiológica como la artrosis debe ser posterior al diagnóstico médico, si bien es deseable que sea anterior a cualquier tratamiento, para que la intervención psicológica sea un aspecto más de la terapia, en lo médico, farmacológico, quirúrgico, etc., y, a su vez, éste sea completo abordando los distintos aspectos involucrados.

En segundo lugar, la evaluación no puede ser tan compleja que suponga para el paciente una dificultad añadida o un esfuerzo excesivo, pues de ser así incluso podría generar resistencia por su parte, mayor conciencia de ineficacia de los tratamientos, en suma más “tiempo perdido” acudiendo a consultas y citas sin que se alivie su situación, que –no se olvide- deriva ya de años y conlleva emociones de desesperanza y de frustración. Sería lo ideal que en una sola sesión pudiera someterse a los instrumentos o procedimientos evaluativos, evitando una reiteración de consultas sin percepción de avances por su parte en el tratamiento.

En tercer lugar, y como aspecto de lo anterior, los procedimientos de evaluación deben ser de rápida aplicación, y sabiendo el paciente que se trata con ellos (como si fueran técnicas de diagnóstico en el ámbito médico) de identificar y precisar con la mayor certeza posible los síntomas que padece y su reacción ante ellos, para poder enfocar mejor su tratamiento. La explicación adecuada de estos objetivos puede aumentar su colaboración y disminuir eventuales recelos o desconfianzas.

Finalmente, dado el carácter multidimensional del dolor crónico, y según la relación de instrumentos que se ha expuesto, la evaluación persigue conocer diversos aspectos psicosociales, conductuales, cognitivos, etc. Por ello, deben combinarse procedimientos dirigidos a estos diferentes objetivos de evaluación, de manera que se obtenga la mayor información posible no sólo de la frecuencia o intensidad del dolor, sino también de cómo lo afronta el paciente, de su valoración de la experiencia dolorosa y de qué vías pueden resultar más adecuadas para reforzar o modificar sus conductas ante el fenómeno del dolor crónico.

En el ámbito hospitalario español, según MONSALVE (Conferencia impartida el 14 de enero de 2010 en la Facultad de Psicología), son el CAD y el HAD, entre los últimos citados, y el MPQ entre los del primer grupo, los más utilizados, por su sencillez, su rapidez y por la fácil comprensión por el paciente de sus preguntas.

Escribir una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos necesarios están marcados *

Puedes usar las siguientes etiquetas y atributos HTML: <a href="" title=""> <abbr title=""> <acronym title=""> <b> <blockquote cite=""> <cite> <code> <del datetime=""> <em> <i> <q cite=""> <strike> <strong>