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Escrito por en abr 2019 en Sin categoría | 1 comentario

HABLEMOS DEL SUICIDIO (I): EL FENÓMENO DEL SUICIDIO

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El suicidio. Manet

El suicidio. E. Manet

Algunos datos relevantes.

 

            Lo primero que sorprende del suicidio es su elevado número de casos, pese a no ser percibido como un problema social relevante ni como una prioridad de salud pública.

En España, en 2016, último año con datos completos del INE, hubo más de 3.500 suicidios, siendo con diferencia la primera causa de muerte por causas externas, por encima de los 3.000 fallecimientos por caídas accidentales, los 2.700 por ahogamiento, casi el doble de los 1.890 por accidentes de tráfico y el cuádruple de los casi 800 por sobredosis, alcohol y consumos tóxicos.

Ese rango de cifras se mantiene a lo largo del siglo, con más de 60.000 suicidios desde el año 2.000, con sesgos significativos por sexo y edad y picos notables en los peores años de la crisis económica reciente.

Los suicidas varones son el triple que las mujeres, pese a que éstas lo intentan tres veces más que ellos. También la edad es un factor relevante, pues la tasa de suicidios por cada 100.000 habitantes crece mucho con la edad, sobre todo entre los varones, pasando de unos 15 casos entre los adultos de cuarenta a setenta años a más de 20 por encima de esta última edad y a más de 35 por encima de los ochenta. Aunque entre los jóvenes no se alcanzan valores tan altos, cabe destacar que es la primera causa de muerte entre los varones de 15 a 29 años y la segunda, por detrás sólo de los tumores, entre toda la población de ambos sexos entre 15 y 34 años, registrándose un aumento llamativo entre los adolescentes de 15 a 19 años. En cuanto a la crisis, han crecido los suicidios un 30 por 100, desde unos 3.100 en 2010 a más de 3.900 en 2014, descendiendo luego ligeramente.

En su distribución territorial, la media española sitúa la tasa de suicidio para el conjunto de la población en 7,46, siendo Galicia y Asturias, con valores superiores a 10, las que registran tasas más altas      , seguidas de Murcia y Canarias. En comparación con otros países, la media española queda muy lejos de los casi 30 suicidios por 100.000 habitantes de Lituania o de Corea del Sur, situándose los países mediterráneos, salvo Francia, en los valores inferiores.

 

Falsos mitos.

            Ante esos datos, es llamativo el silencio que rodea al suicidio, alejado del debate público. Quizás porque uno de los mitos es que muchas veces se oye o se lee que hablar del suicidio puede incitar a cometerlo. Como también se reprocha a los medios de comunicación que destaquen noticias de suicidios, por el efecto emulación o imitación que pueden provocar.

No sólo no hay constancia de que eso sea así, sino que hay evidencias de lo contrario, de que hablar del suicidio puede contribuir a rebajar y minorar la pulsión suicida de quien lo ha intentado o de quien padece una situación o un estado de dificultad, desánimo o depresión que pudiera conducirle a intentarlo. Como en otras situaciones perturbadoras, su mera verbalización, así como la transferencia que se produce al relatarlas y comentarlas pueden aliviar a quien las padece. Tampoco hay evidencias de que las noticias sobre suicidio provoquen olas de suicidas. El efecto de la noticia depende mucho de su tratamiento, debiendo procurarse, eso sí, que sea objetivo, meramente descriptivo y sin caer en sensacionalismos, especulaciones ni consideraciones hipotéticas ni morales sobre sus posibles motivaciones, evitando también incurrir en detalles morbosos sobre las circunstancias o los medios empleados.

Otro mito es entender que el suicidio es un acto meramente impulsivo, irreflexivo, que si se meditara no llegaría a consumarse. En ocasiones es así, pero también hay ejemplos de suicidios perfectamente planificados y ejecutados, lo que no impide que puedan apreciarse como un cierto fracaso vital, incluso si se rodean a veces de un halo romántico o se presentan como un gesto de honor. No es cierto que cuando alguien quiere suicidarse no hay manera de evitarlo y tarde o temprano lo hará. En realidad, la voluntad suicida no se dirige tanto a querer la muerte como a querer escapar de forma tajante e irreversible de una situación difícil, en lo emocional, en lo interpersonal o en lo social. Por eso, el cambio de las circunstancias o del estilo de su afrontamiento por el sujeto pueden alejar el riesgo de suicidio. Para ello, poder hablarlo, así como el apoyo psicológico del profesional y el afectivo del entorno son claves.

Un tercer mito afirma que quien se suicida no lo anuncia ni lo dice previamente y, al contrario, que quien lo dice o amenaza con hacerlo, no llega a suicidarse. Los datos, en cambio, muestran que un 90 por 100 de los suicidios van precedidos de señales de alerta suficientemente llamativas y más del 40 por 100, por intentos previos frustrados. Es importante, pues, que tanto el entorno personal del sujeto como los servicios sanitarios y de atención social, o educativos, en el caso de menores y jóvenes, sean sensibles y reaccionen con diligencia a las posibles llamadas de atención de quienes están atravesando una situación difícil que pueda desembocar en el suicidio.

Otro falso mito asocia el suicidio a la clase social, las circunstancias económicas o educativas, que, en realidad, no arrojan diferencias significativas, aunque hay culturas en que el suicidio es más aceptado. El suicidio no constituye -como a veces se afirma- una salida fácil de personas acomodadas poco habituadas a soportar dificultades. Por el contrario, en el caso de España, predominan los suicidios en ambientes rurales y en niveles económicos bajos, así como en territorios que no son los más urbanizados ni industrializados.

En todo caso, el suicidio es el resultado fatal de causas diversas y con efectos dispares según la persona en que concurran e incluso el momento en que las padezca, sin que puedan identificarse ni aislarse motivos, situaciones o factores determinantes explicativos por sí mismos de la conducta suicida. Aun así, cabe señalar factores de riesgo que pueden llegar a ser indiciarios, así como otros de protección que pueden contrarrestar o atenuar el efecto de los anteriores.

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Factores de riesgo y de protección.

            Entre los factores de riesgo pueden mencionarse unos personales y otros familiares, así como ciertos acontecimientos vitales que pueden agravar el efecto de los anteriores o incluso actuar como precipitantes o desencadenantes de la conducta suicida.

Elementos personales como las enfermedades crónicas y las mentales y otras situaciones de desesperanza y desmotivación pueden suponer riesgos importantes, especialmente si afectan a personas con baja autoestima o poca capacidad de resolución de problemas, o con impulsividad sin control, habiéndose destacado el perfeccionismo obsesivo y la rigidez cognitiva como algunos de los factores más peligrosos.

Entre los factores de orden familiar, se han referenciado los relativos a una educación rígida, estricta e intolerante, así como los ambientes familiares conflictivos con presencia de agresiones, insultos y disputas, además, desde luego, de los abusos y maltratos padecidos directamente por el sujeto.

En cambio, no hay una relación directa ni determinante entre el suicidio y la herencia genética, aunque ésta puede influir indirectamente a través de ciertos trastornos, adicciones y rasgos de la personalidad con alto componente hereditario. Algunos estudios registran entre los suicidas alteraciones del gen TPH, con bajos niveles de serotonina que favorecen la hostilidad, la ira o la agresividad, así como de otros genes que inhiben la dopamina o que afectan a la síntesis de proteínas, siendo más generalizada la aceptación de que ciertos sucesos, como abusos, abandono o traumas pueden producir alteraciones cerebrales significativas.

Entre los trastornos mentales,que pueden hallarse presentes en casi un 90 por 100 de los intentos de suicidios, son las psicosis y el trastorno bipolar los que presentan un mayor índice, alcanzando al 37 por 100 de los afectados por estos trastornos. El riesgo es 35 veces mayor respecto a la población no afectada en el caso de personas que padecen psicosis y 15 veces mayor para quienes sufren el trastorno bipolar. También en la depresión mayor hay un riesgo importante, que llega al 20 por 100 de quienes la padecen, multiplicando por 20 el riesgo de suicidio respecto a la población general. El alcoholismo y otras adicciones, así como la anorexia y otros trastornos alimentarios también arrojan cifras de intentos suicidas en torno al 25 por 100 de los afectados, multiplicando su riesgo por entre 4 y 6 respecto a la población general. Finalmente, el trastorno límite da cifras de un 8 por 100 de quienes lo padecen, multiplicando por 6 el riesgo general.

Un aspecto destacable es la elevada incidencia de intentos suicidas entre quienes acaban de recibir un alta psiquiátrica, reclamando por ello una atención y un seguimiento especiales por los servicios sociales y sanitarios en los momentos siguientes a su derivación domiciliaria.

Ciertos acontecimientos vitales, en fin, pueden precipitar la conducta suicida, al significar en ocasiones una afectación grave o una quiebra definitiva de las esferas personal, relacional o social del individuo. Las rupturas emocionales y las pérdidas o separaciones de personas queridas, la soledad y el aislamiento, el paro y los fracasos económicos o profesionales, y, en general, sucesos traumáticos que desestructuren al sujeto pueden provocar situaciones y estados de desesperanza en los que el suicidio sea percibido como una salida a esa difícil situación, incluso aun siendo ésta transitoria.

Para contrarrestar los factores de riesgo mencionados, ciertos factores personales y psicosociales adquieren relevancia como mecanismos protectores. Fomentar las habilidades de comunicación y de resolución de problemas, mejorar la autoestima y la confianza, o potenciar un afrontamiento adaptativo son recursos personales protectores. También se ha destacado la gran importancia de actuar según las creencias religiosas o ideológicas con valores positivos como solidaridad, justicia y otros. En general, la flexibilidad, el control de impulsos y la adaptabilidad pueden ayudar a enfrentar situaciones difíciles.

Junto a ello, contar con una red social satisfactoria y con unas relaciones basadas en comunicaciones afectivas es un factor protector de primer orden. El apoyo de familiares y allegados, sentirse útil, asumir tareas y, en su caso, poder buscar consejos y ayuda son factores cruciales no sólo contra el aislamiento y la soledad, sino para el equilibrio emocional del individuo, de modo que le permita enfrentar situaciones difíciles que en otros sujetos sin esa red social y comunicacional pueden inducir al suicidio.

           

1 Comentario

  1. Muy buen artículo, claro, instructivo y documentado. Me gusta que empiece por desmontar las falsas ideas para luego dar mejor y más correcta información

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