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Escrito por en mar 2018 en Sin categoría | 0 comentarios

HÉROE DE PACOTILLA (A mi padre)

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Ya no hablamos, no nos vemos, tampoco nos llamamos, ni siquiera nos escribimos un mensaje. Y me pregunto qué ha pasado, qué nos ha pasado. Qué tiene que haber ocurrido para que dos personas que, por naturaleza, se han de querer ni siquiera se echen de menos.

 

Para mí, echar de menos es sentir la necesidad de ver, tocar o hablar a una persona. Claro que para echar de menos primero se ha de querer, ése puede ser nuestro fallo. Sin embargo, quiero pensar que nos hemos acostumbrado a echar de menos, como quien tiene un dolor crónico y ya no lo siente pero si le tocas le duele y recuerda que siempre estuvo ahí. Hemos dejado correr el tiempo pensando que podría llevar cada pieza a su lugar, creíamos que al final todas ellas encajarían, nos equivocábamos.

 

Echo la mirada atrás y nos veo jugando en el mar, tú me tirabas hacia arriba y veías orgulloso como caía en el agua y buceaba hasta llegar a ti para que me volvieras a lanzar; o cuando cavábamos en la arena agujeros tan profundos que yo misma podía meterme dentro. También recuerdo tus historietas sobre el delfín Fliper y sus aventuras bajo el mar, te sentabas conmigo en el sofá y dabas rienda suelta a la imaginación. Te encantaba hacerme reír y, para ello, no te importaba tirarte conmigo en el suelo y hacerme cosquillas sin parar hasta acabar rendidos. En mi memoria siempre guardaré el recuerdo de aquellas tardes en las que me llevabas al parque y me impulsabas en los columpios tan alto que sentía que volaba o cuando mis pies no podían más y me subías encima de tus hombros. Y es que para mí tú eras la persona más alta y fuerte del mundo y a tu lado me sentía invencible.

Sin embargo, pronto dejé de volar, pues te necesitaba para lograrlo y tú ya habías cogido las alas y emprendido tu camino dejándome en tierra. Tal vez por eso ahora vuelo lenta y tambaleante, nunca terminaste de enseñarme. Decidiste que era más fácil aprender a ignorarme que enseñarme a quererte y por eso ahora somos dos perfectos desconocidos. Aquella confianza de la que te hablaba hace un momento comenzó a desaparecer poco a poco con cada mentira, cada excusa y cada promesa vacía. El muro que construiste apilando cada una de mis decepciones comenzó a ser tan alto que ni tú hubieras conseguido saltarlo, tampoco lo intentaste. Y ahora, alzo la vista y ni si quiera veo dónde acaba.

 

Paciente A.

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