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Publicado por en jun 2014 en Blog | No hay comentarios

LA RESILIENCIA DE LA MUJER MALTRATADA

LA RESILIENCIA DE LA MUJER MALTRATADA

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La resiliencia es un concepto tomado del mundo de la física que designa la cualidad de un material flexible que soporta una presión sin quebrarse, para recuperar de nuevo su forma originaria cuando cesa la presión. En los últimos veinte años, viene utilizándose en el marco de las corrientes de la Psicología Positiva. Desde éstas se subraya el fenómeno de que sufrir una situación adversa o difícil no significa necesariamente que el individuo afectado quede desestructurado por ella y desarrolle un trastorno posterior (el Trastorno de Estrés Postraumático, por ejemplo) como consecuencia de aquella vivencia.

Los estudios empíricos realizados en las dos últimas décadas muestran que la regla general es la contraria a la que venía considerándose cierta: la mayoría de individuos que viven una situación de adversidad no sufren un trauma duradero ni desarrollan un TEP como consecuencia de ella, y en ciertos casos ni siquiera otras patologías significativas. Esta realidad nos permite dos afirmaciones:

- La primera, que hay un componente individual en la reacción de cada sujeto ante un mismo suceso, por lo que no depende en exclusiva de la naturaleza de éste la existencia de efectos traumatizantes.

- La segunda, que las personas cuentan con recursos que les permiten soportar el hecho o la dificultad, o rehacerse tras el mismo, lo que abre un vasto campo al estudio de cuáles pueden ser esos factores de protección y si caben terapias o intervenciones preventivas que los potencien.

Con todo, el término resiliencia no es entendido con el mismo significado por todos los autores. En sus primeras conceptualizaciones por parte de autores franceses (Manciaux, Vanistendael, Lecomte y Cyrulnik, 2001) se usó para explicar que niños desarrollados en ambientes y situaciones difíciles, como los judíos durante el nazismo y la postguerra, consiguieron encauzar sus vidas con un adecuado desarrollo emocional, personal y social. Es decir, para subrayar que una infancia difícil no necesariamente conduce, de forma determinista, a una vida desestructurada. La resiliencia que explica estos casos es un proceso dinámico y evolutivo que permite a los individuos integrar las experiencias difíciles, adaptarse, crecer y conseguir una vida equilibrada. Siendo producto de la interacción del individuo con el entorno, que varía según la naturaleza del trauma y el contexto, el apoyo social, las circunstancias, la etapa de la vida, y que puede tener distintas manifestaciones en las diversas culturas. Pero sin que pueda hablarse de personas resilientes,  pues la resiliencia no es una cualidad personal ( según estos autores franceses).

Enlazan con ello las corrientes de psicología humanista y otras que han estudiado la superación de la adversidad, como Fromm, Frankl, Rogers y otros. En los últimos años se multiplican también los testimonios y las biografías que narran un desarrollo equilibrado pese a infancias extremadamente difíciles. A título de ejemplo, los de niñas como Dirie (2005) entre las africanas, McCorwick (2006) entre las asiáticas, Menezes (2006) entre las latinoamericanas, Kampusch (2011) entre las europeas.

Entre los autores estadounidenses, en cambio, la resiliencia se usa con un alcance restringido más similar a la elasticidad propia del mundo de la física. Consiste en la capacidad de resistir una adversidad sin pérdida de funcionalidad en la vida cotidiana, es decir, sin el choque y la pérdida de referencias que constituyen el trauma. Se aplicaría, por tanto, en supuestos en que no se desarrolla el trauma, consistiendo más en un estilo de afrontamiento en el momento de la dificultad que en un proceso posterior de superación de ella.

Por eso, mantienen la distinción entre resiliencia y crecimiento postraumático. En el crecimiento postraumático se advierte una fase de disfunción durante el trauma, que luego dará paso al proceso de reconstrucción personal para poder integrar el trauma y la experiencia adversa que conducirá a un resultado que será diferente y mejor respecto a la situación previa al trauma. Esta reconstrucción afectará al propio individuo, a sus relaciones con los demás y a su espiritualidad o filosofía de la vida, modificando sus valoraciones y prioridades,e incluso le permitirá apreciar algún aspecto beneficioso o valores positivos en la propia experiencia del trauma.

La resiliencia, en cambio, sería un proceso o resultado derivado de la combinación entre factores de protección y de riesgo presentes en el momento de la adversidad, enumerándose entre los primeros (Becoña, 2006, adaptando los señalados por Masten y Powell, 2003):

Diferencias individuales

-Habilidades cognitivas (puntuaciones en CI, habilidades atencionales, habilidades de funcionamiento ejecutivo, etc.).

-Autopercepciones de competencia, mérito, confianza (autoeficacia y autoestima).

-Temperamento y personalidad (adaptabilidad, sociabilidad, etc.).

-Habilidades de autorregulación (control de impulsos, afecto y regulación del arousal).

-Perspectiva positiva sobre la vida, “sentido” (esperanza, creencia en que la vida tiene un significado, fe, etc.).

Relaciones

-Calidad de la crianza (incluyendo calidez, estructura y guía, expectativas, etc.).

-Relaciones cercanas con adultos competentes (padres, familiares y mentores).

-Conexiones con iguales: prosociales y con reglas duraderas (entre los niños mayores).

Fuentes y oportunidades de la comunidad

-Buenas escuelas.

-Conexiones con organizaciones prosociales (tales como asociaciones y grupos religiosos).

-Calidad del vecindario (seguridad ciudadana, supervisión colectiva, bibliotecas, centros recreativos).

-Calidad de los servicios sociales y del cuidado de la salud.

Con todo, no hay un consenso sobre el contenido, el significado y el alcance de la resiliencia (Becoña, 2006, Vera et al., 2006). Se considera, según los distintos enfoques, como rasgo o cualidad personal, también como estrategia o estilo de afrontamiento, o bien como un proceso o un resultado superador del trauma influido por variables individuales, del entorno y culturales.

La resiliencia de la mujer maltratada.

En el maltrato de pareja, dada su naturaleza tan determinante para la vida cotidiana, concebir la resiliencia con el alcance más estricto que se le otorga en Estados Unidos, sin desestructuración de la víctima, sólo puede tener cabida para describir las reacciones y conductas de las mujeres en tres casos: 1) Las que rompen la relación porque rechazan ya los primeros indicios de maltrato, antes de padecer sus efectos continuados; 2) Las que mantienen la relación por plena aceptación de la cultura androcéntrica, por lo que no entran en crisis sus sistemas de referencias y valores; 3) Las que mantienen la relación por poderosas razones de conveniencia que priorizan frente al maltrato. En estos casos, no llegan a vivir la situación como trauma y quizás no llegan a desplegar las patologías observadas en otras mujeres mientras dura la situación de maltrato ni a lo largo de su desarrollo personal posterior.

 Humphreys (2003), describe como resiliencia la conducta resistente de mujeres maltratadas no traumatizadas, y propone indagar los mecanismos y recursos (los “puntos fuertes”, según su expresión) que propician esa resistencia de cara a comprender mejor las reacciones de esas mujeres frente a sucesos potencialmente traumáticos.

Pero para comprender y explicar la conducta de la mayoría de mujeres maltratadas no valdría ese concepto restringido de resiliencia como adaptación a una situación sin pérdida de funcionalidad. Primero, porque ante una relación continuada de maltrato es imposible para la generalidad de mujeres no sufrir la crisis de sus referentes y esquemas anteriores, aunque sean sólo los afectivos y emocionales. Segundo, porque es difícil que el suceso no provoque disfunción de su vida cotidiana, cuando toda ella, comenzando por la propia vida física en los casos más graves, está afectada. Tercero, porque quien logra salir de una relación duradera de maltrato nunca lo hace volviendo a restituir sus sistemas socio-personales previos, ni los afectivos o emocionales, ni los cognitivos y valorativos, ni los relacionales, ya que el agresor es parte principal de ellos.

La categoría de la resiliencia es muy útil, en cambio, si se entiende como proceso evolutivo que permite a los afectados resistir la experiencia, integrarla en su historia de vida y reconstruir su sistema vital, diferente y mejor que el anterior. Es decir, en la línea de los autores franceses que la estudiaron en los albores de este siglo, con una acepción muy próxima a lo que autores estadounidenses –como Janoff-Bulman (1992), Parker (1971), Tedeschi y Calhoun (2004) y otros- describen como crecimiento postraumático. ( como hemos explicado anteriormente ).

La diferencia entre ambas categorías reside en que el crecimiento postraumático -como su nombre indica- es un proceso de recomposición de nuevas referencias y valores porque hay una desestructuración durante la situación traumática,  y la persona queda desarbolada. La resiliencia, en cambio, es un proceso de superación de la adversidad en la que el individuo también puede dar paso a una reconstrucción de sus sistemas de referencias y valores, pero sin el choque paralizador y el aturdimiento cognitivo y emocional del trauma, en virtud de una mayor resistencia a la situación y al despliegue de recursos adaptativos mientras dura y debido a ello no provoca esa pérdida de referencias y valores del sujeto. Como indican los autores franceses, el sujeto es capaz de integrar la experiencia difícil en su historia de vida sin verse desestructurado por ella.

Entendida la categoría de la resiliencia como proceso, según el propio acontecimiento,  la etapa de vida, la interacción social, el entorno cultural, etc., se aprecian en ella componentes cognitivos y emocionales. Algunos de esos elementos pueden hallarse ya presentes durante la propia experiencia traumática, actuando como factores de resistencia que contribuyen para que el sujeto pueda sobrellevar la situación en lugar de descomponerse y sucumbir ante ella:  concepciones ideológicas y culturales, estilos de apego forjados en su primera infancia, apoyo social y otros. De ahí que frente al choque, la desestructuración y la desorientación sufridas durante la experiencia y que desembocan en un TEP, a medio o largo plazo, la teoría de la resiliencia admite que pueden convivir desde el inicio elementos de rechazo y crisis de los propios marcos de referencia con elementos de resistencia y adaptación. Así como momentos o conductas de falta de conciencia de la situación con momentos o conductas de toma de conciencia sobre ella y sobre sus dificultades.

Con el enfoque de género, descrito en otro artículo del blog de IVAPSAN, de evitar un estereotipo de la víctima o una visión monolítica de la misma meramente pasiva y a expensas de la situación, la resiliencia puede ser una categoría explicativa de actitudes, comportamientos, emociones y reacciones de la mujer maltratada sin privarla de ser agente. Así pues, reconociendo que ante el marco asimétrico de poder y de desigualdad de su relación ha de desplegar recursos adaptativos a la misma, no interiorizando los valores o creencias del agresor (ni juicios favorables o neutros sobre la situación) sino adecuándolos como estrategias de resistencia y de supervivencia; o de salvaguardar los intereses y objetivos que para ella sean prioritarios (como pueden ser su subsistencia y la de sus hijos, o la evitación de su rechazo social por el entorno y la familia más próximos en caso de ruptura).

En una palabra, y como cualquier individuo sujeto a un poder externo al que de momento no puede sustraerse, la aparente ambivalencia, incoherencia o inconstancia de sus actitudes, comportamientos, cogniciones y emociones no deben traducirse en culpar a la víctima, sino que pueden ser apreciados también como maniobras de supervivencia y/o actitudes de resiliencia. En definitiva, como manifestaciones de una actitud activa y de control, si bien no de la situación, sí de sus reacciones, propias de la mujer que no acepta la situación pero sabe que hay elementos de ella que no está en disposición o poder de modificar.

De cara a intervenciones terapéuticas o de apoyo, la mujer que se autopercibe en esa posición deja de culpabilizarse por haber soportado la situación, se aleja de la victimización y genera nuevos recursos que confirmen su control y su autoconcepto, en lugar de confiar su reestructuración y reequilibrio a la intervención externa del grupo o del terapeuta. O si aún está inmersa en la relación, le evita confiar los cambios a agentes y factores externos privándose a sí misma de toda responsabilidad. Asume, en definitiva, el compromiso ante sí misma como elemento central del control sobre su propia vida.

En resumen, para explicar el proceso seguido por la mujer maltratada durante la relación de maltrato y su fase posterior, si llega a cesar aquélla, la teoría de la resiliencia presenta diversas ventajas como las siguientes:

- Explicar el hecho de que la mayoría de mujeres maltratadas no desarrollan un Trastorno de Estrés Postraumático, pese al carácter potencialmente traumático de la experiencia padecida.

- Acentuar la dimensión individual de las reacciones de cada mujer ante la situación de maltrato y de la superación de secuelas (en su caso, tras su cese) como reconoce ahora sin dudas la propia teoría del trauma.

- Como proceso cognitivo y emocional influido por la historia de vida, el marco de concepciones y valores, el entorno cultural y afectivo, el apoyo social y otros factores; nos explica la variedad de respuestas por parte de la mujer víctima del maltrato: desde aceptación o resignación -en culturas y contextos fuertemente androcéntricos- a contemporización por mantener otras prioridades, o al rechazo abierto denunciando al agresor o rompiendo con él. Con ello se reconoce, en coherencia con los enfoques de género, que la pareja no es una realidad aislada, producto puramente bilateral y forjado en exclusiva por sus miembros, sino que incorpora en su configuración y desarrollo los modelos y roles sociales, que influyen también decisivamente sobre ella.

- Evitar la contemplación de la mujer –según se deriva de algunos modelos teóricos- como meramente pasiva, embotada o dependiente emocionalmente y aturdida, confusa o distorsionada cognitivamente. Puede no tener conciencia de la situación, dada su “normalidad” en la escala de valores y representaciones que son consistentes consigo misma y su entorno; o incluso siendo consciente de su realidad no reaccionar abiertamente ante ella, sino optar por sobrellevarla. Pero no como mera consecuencia de su aturdimiento o dependencia, sino como resultado de sus sistemas, sus preferencias o de las estimaciones que hace al no poder acabar con la situación.

- Apreciar en su conducta, aun con sus incoherencias y ambigüedades, elementos de resistencia a una situación de desigualdad, sujeción o sumisión, en definitiva asimétrica; que le impide romper con ella o en la que no lo hace por otras prioridades que prefiere perseguir aun soportando esa relación.

- Llamar la atención sobre la posible existencia de esos elementos o conductas de “resistencia” o factores de protección en cuanto a recursos adaptativos, no sólo para explicar la situación sino para potenciarlos en programas de prevención, con el fin de dotar de instrumentos a las mujeres para no verse abocadas a esa situación.

Expresando en su dimensión temporal los procesos que explican la superación de adversidades, se obtiene la siguiente tabla:

PROCESOS Y CATEGORÍAS DE SUPERACIÓN DE ADVERSIDADES

Proceso

Durante la experiencia

A corto-medio plazo

A largo plazo

Crecimiento postraumático

Choque desestructurador

(pérdida de sistemas de referencias)

TEP:   Evitación

Rememoración

Hiperactivación

Nuevos sistemas de referencias y valores

Afrontamiento

Aproximativo

Al problema y a la emoción

(Recursos y restricciones)

Mantenimiento del sistema de referencias

Resiliencia EEUU

Flexibilidad y adaptación

(Fortalezas)

Restablecimiento del sistema de referencias

Resiliencia Francia

Resistencia

(Elementos de resistencia)

Integración en historia de vida

Nuevos sistemas de referencias y valores

Elementos de resistencia y de superación de la adversidad

Desde la teoría de la resiliencia se identifican y enumeran ciertas “fortalezas” que permiten resistir mejor los sucesos o exposiciones potencialmente traumáticos, destacando las competencias cognitivas (en las que se incluyen las habilidades de resolución de problemas), autoestima, empatía, conocimiento y manejo adecuado de las relaciones interpersonales. Además, también se incluye el sistema de ideas o creencias del individuo (ideología, concepción sociopolítica, convicciones religiosas, etc.)

Junto a factores estrictamente individuales, como la edad o ciertos rasgos de la personalidad (como osadía, humor, optimismo, estilos de apego u otros) forjados en la primera infancia o a lo largo de la historia de vida, se destacan otros de acusado componente social o influidos por el entorno, que son los que mejor pueden desarrollarse o reforzarse en programas preventivos del maltrato de pareja. Entre los más relevantes figuran los siguientes:

El equilibrio y el mapa de relaciones afectivas de la persona

Por un lado, ha sido forjado en su primera infancia (por tanto, por su entorno) y le confiere autoestima, seguridad, confianza en sí misma, control y otros recursos que conforman la personalidad resistente. Con estas fortalezas, podrá afrontar una situación adversa en mejores condiciones que quien no ha podido tejer esos vínculos afectivos tempranos o los ha edificado sobre la evitación, la desorganización o la ambivalencia. Es una variante, en definitiva, del estilo de apego seguro.

Por otro lado, quien durante la propia experiencia o tras ella puede contar con relaciones afectivas importantes estará también en mejores condiciones para las tareas de integración y superación de la situación y su eventual efecto traumático. Señala Cyrulnik (2010) que la plasticidad del aprendizaje en los niños permite que muchas heridas no dejen huella en su futuro si mejora el entorno o encuentran relaciones afectivas sólidas, destacando la relación de pareja a estos efectos.

Las relaciones afectivas, pues, y los vínculos afectivos construidos en la infancia se confirman como pilar directo de la resiliencia, tanto en su faceta de soportar mejor la agresión o el trauma como en la de permitir la reconstrucción personal tras éste.

La capacidad de explicarse lo sucedido

La reacción ante una experiencia traumática no puede prescindir de la variable individual. Lo que provoca que la persona la viva como trauma no es la experiencia en sí misma, sino el choque que supone con sus sistemas previos de referencias y valores, en los que “no encaja” lo que le sucede. Eso es lo que ocasiona su “desestructuración” y que sucumba ante la experiencia, quedando desarbolada y sin capacidad de reacción.

Tanto los estudios científicos como los testimonios de víctimas de traumas describen que lo primero que descompone a los sujetos durante la experiencia es lo inexplicable de la situación, que les resulta incomprensible, no pudiendo asumir que les está ocurriendo a ellos. Incluso en el lenguaje cotidiano, se expresa hoy el desconcierto ante algo diciendo que “rompe los esquemas”, o afirmando que “esto no puede estar pasando” o “no puede pasarme a mí”.

Cuanto más rígidos y esquemáticos sean esos sistemas previos de referencias y valores, más riesgo hay de que cualquier suceso atípico los cuestione y el sujeto desarrolle la crisis cognitiva y emocional que da paso al trauma. Por eso, en los estudios sobre la resiliencia a partir de infancias difíciles se destaca la plasticidad de los niños, que al no tener aún formados aquellos sistemas son más flexibles para aceptar, asumir e integrar cualquier experiencia, por dura que pueda resultar.

En el caso concreto del maltrato de pareja, la mujer sólo podrá asumirlo sin cuestionamiento de sus sistemas previos cuando ella y su entorno sociocultural tengan plenamente asumida esta situación, como ocurre en ambientes culturales donde todavía la dominación y sumisión absolutas son aceptadas. Pero ello no ocurre ya en ninguna sociedad desarrollada, donde las normas legales y los discursos públicos insisten en la igualdad entre sexos y en el seno de la pareja; aunque en el ámbito privado y personal se esté todavía a años luz de hacerla realidad.

Por eso, como elemento de resistencia y de superación del maltrato de pareja, es fundamental entenderlo como secuela de una concepción sociocultural que aún pervive. Es también necesario que la mujer asuma que la agresión no es imputable a circunstancias personales del agresor (o de la relación) que ella podría intentar modificar, sino que forma parte de unos modelos y roles sociales de los que es víctima, sin resquicio de culpa ni responsabilidad por su parte, pues nada en su conducta justifica la agresión. Desde esta óptica, no sólo podrá explicarse la situación, evitando que le resulte incomprensible, sino que contará con fortalezas y recursos para intentar atajarla o romper con ella. Y si por circunstancias o intereses prioritarios no le resulta posible, podrá desarrollar estrategias de adaptación y de resistencia con plena conciencia de la situación y sin la crisis de sus sistemas previos de referencias y valores.

La respuesta del contexto y del entorno

Con evidente componente social, puede derivar la asunción del trauma hacia un trastorno duradero y secreto (cuando la propia familia de la víctima duda de ella, p.e.), hacia una indignación militante que no evita el estancamiento y la perpetuación como víctima (la desconfianza u hostilidad generalizadas hacia lo masculino, p.e.), o hacia una integración de la herida que posibilite su superación.

En este proceso de interacción individuo-sociedad influirá el apoyo afectivo, desde luego, pero también el ser creído, el que se permita al sujeto su narración y expresión de lo acaecido, así como la reelaboración de sus recuerdos más difíciles. Dos aspectos, pues, pueden verse muy influidos por esa interacción con la sociedad:

- El primero, la reelaboración de lo vivido, es explícitamente destacado por testimonios de mujeres como condición sine qua non para superar su vergüenza, su humillación por haber sido degradadas a una vida tan limitada, por haber tenido que despojarse de aspectos centrales de su existencia para poder adaptarse al maltratador y sobrevivir con él; para superar su vergüenza o su culpabilidad ante una situación que en muchos casos quebró sus referencias y todo su sistema de valores previos. Como en otras experiencias traumáticas o adversas, no es tanto el recuerdo del suceso lo que se reelabora, que puede rememorarse con todo detalle, sino el recuerdo de la emoción padecida. Esta reconstrucción del recuerdo de la emoción es, en definitiva, una reelaboración de lo vivido que permite depurar sus aristas más humillantes o inaceptables para el propio autoconcepto, para responder a la necesidad personal de refugio y defensa que siente la mujer y conseguir su distanciamiento emocional de lo sucedido. La depuración de lo acontecido, la función de la memoria estimativa, es uno de los recursos más generalizados para poder integrar el suceso en la historia de vida y mantener ésta acorde con los planteamientos, ideas y conceptos sobre sí misma.

- El segundo aspecto mediante el que la interacción social puede favorecer el proceso de resistencia durante la situación de maltrato, o su superación si ya ha cesado, es la narración del trauma, la extraversión, el compartir con otras mujeres y con otros las vivencias y emociones del maltrato. El ser escuchada y comprendida, pues de lo contrario la vergüenza la encerrará en un silencio autodestructor. Rojas Marcos (2010) y muchos otros autores insisten también en esa necesidad de expresión que acucia a la persona traumatizada porque mediante la narración los recuerdos del trauma pasan de la memoria emocional a la verbal, incorporándose a la historia de vida del sujeto. Despliega así efectos reparadores, como lo hace la creación artística o literaria o cualquier otra forma de compromiso militante contra lo sucedido adoptada por el sujeto.  Son muy ilustrativas las palabras de Kampusch (2011), quien tras vivir secuestrada por un desconocido entre los 10 y los 18 años y publicar su experiencia, expresa: “Siento un gran alivio al haber encontrado palabras para expresar todo lo inexpresable, lo contradictorio. Verlo escrito me ayuda a mirar hacia delante con confianza. Pues todo lo que he vivido me ha dado fuerzas, he sobrevivido al cautiverio en el zulo, me he liberado de mí misma y me he mantenido firme. Sé que también puedo llevar una vida en libertad. Y esta libertad empieza justo ahora, cuatro años después de salir del zulo. Sólo ahora puedo poner fin a todo aquello y gritar: soy libre”.

El apoyo social.

Directamente determinante por sí mismo, lo es también indirectamente como refuerzo de actitudes individuales favorecedoras de la resistencia y la superación.

Frecuentemente, tanto durante la propia situación de maltrato como tras su ruptura, la mujer puede haberse visto empujada al aislamiento social. Su red social puede verse quebrada, comenzando por sus más allegados (familiares, amistades), con los que el agresor prohíbe todo contacto. Ocasionalmente, incluso la propia mujer rehúye de sus familiares por miedo a provocar la ira del agresor o por vergüenza de reconocer su situación. En este contexto, “también puede darse un refuerzo del vínculo con el maltratador si se perciben críticas o reticencias externas, generando así una coalición secreta contra extraños” (Penn, 1998).

Autoras, como Matud y cols. (2003), insisten en la relevancia del apoyo social, en sus dimensiones emocional, instrumental o asistencial e informativa. Pero incluso descendiendo del plano teórico al de la observación de la realidad, los estudios estadísticos y sobre grupos de víctimas muestran claramente su relevancia no sólo directa para esas tres dimensiones, sino también indirectamente para mitigar las secuelas negativas del maltrato (depresión, baja autoestima, aislamiento social, etc.). Además de los efectos directos del apoyo social institucional (protección por los poderes públicos) como factor clave para decidir poner fin o no a la relación (en EEUU, Kim y Gray, 2008, Burkitt y Larkin, 2008; en Inglaterra, Bostock y cols., 2011).

En el caso de la mujer maltratada, su eventual integración en grupos de apoyo o de desarrollo de ciertas actividades será favorecedora de su reequilibrio emocional, puesto que le ayudará sobremanera a entender su situación y a poder superar sus nocivos efectos. De ahí la importancia capital de la “reestructuración cognitiva” acerca del fenómeno del maltrato y de sus orígenes y dimensiones sociales. “La conciencia de injusticia engendra indignación, que es una actitud de resistencia y de lucha (Cyrulnik, 2011), que aun permaneciendo como reacción interna sin manifestación exterior, mientras pervive la situación de opresión, evita a la víctima asumir los valores y las pautas del agresor”.

La pertenencia a un grupo organizado por ideas o creencias.

Es una dimensión específica de lo anterior. Permite a quienes viven una situación de trauma salvar su sentido de la coherencia, contribuyendo a su comprensión de la situación (componente cognitivo), al manejo de la misma (componente ejecutivo) y al significado de su conducta (componente motivacional); ligado a su compromiso con los valores, las ideas y los objetivos que persigue y en torno a los cuales los miembros del grupo se identifican individual y colectivamente.

Volviendo al caso de los campos de exterminio nazis, tanto los testimonios de los supervivientes (Roig, 1977) como los estudios de los especialistas (Cyrulnik, 2011) manifiestan que los que menos “deconstrucción”, deshumanización y humillación sufrieron durante la experiencia y menos secuelas posteriores arrastraron fueron los creyentes religiosos y los militantes políticos que mantenían durante su internamiento grupos y actividades con quienes compartían convicciones basadas en su fe o en sus ideas. Esa pertenencia a un grupo militante y, sobre todo, sus creencias o ideales, les permitía comprender y dar significado a su situación y a su lucha por la supervivencia, evitando el sinsentido y el abandono ante la irracionalidad desesperante de aquella situación tan extrema.

Pese a su claro efecto liberador, el compromiso militante puede, en algún caso, rozar el victimismo, por el peligro de explicar y achacar cualquier acción, conducta o fracaso posterior, al trauma sufrido o a lo que lo ocasionó. Eso significa quedar anclado a él como eterna víctima, asumir ese rol, con lo que conlleva de duelo, de culpabilidad y de ansia de redención, lo que no permite entender superada la situación e integrada en la historia personal, que queda “enganchada” al suceso. Rojas Marcos (2010), Cyrulnik (2011) o Pérez-Sales y Vázquez (2003) advierten contra este riesgo.

El nivel educativo.

Es un aspecto social que muestra su elevada incidencia para prevenir y evitar el maltrato (o para permitir reaccionar frente a él si ya se ha producido).

Se confirma como variable decisiva en los estudios sobre mujeres maltratadas que pusieron fin a su relación o rompieron con ella ante los primeros indicios de maltrato (López-Zafra y cols., 2008), así como factor clave para la asunción o el rechazo de los estereotipos de género (Ferrer y cols., 2006; Ferrer y cols., 2008). Con alcance más universal, Abramsky y cols. (2011), tras examinar encuestas de la OMS en 10 países a mujeres de 15 a 49 años, observaron la alta incidencia de que la mujer cuente con estudios de educación secundaria para disminuir los riesgos de maltrato o reaccionar frente al mismo, concluyendo que  “los programas de prevención de violencia de pareja deben reforzar el centrarse en transformar las normas de género y las actitudes”.

IVAPSAN Psicólogos (Valencia)

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