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Escrito por en ene 2015 en Blog | 0 comentarios

La sexualidad en la vejez (I). Aspectos fisiológicos

La sexualidad en la vejez (I). Aspectos fisiológicos

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untitledINTRODUCCIÓN

            El término “vejez” no deja de ser un patrón social o una convención para designar unas condiciones físicas y fisiológicas, pero también psíquicas e incluso sociales de los hombres y mujeres a partir de ciertas edades. Por ello, no es ocioso aclarar con qué alcance lo vamos a usar.

En primer lugar, en cuanto patrón o convención, no resulta válido fijarlo en un mismo nivel de edad para todas las sociedades. Depende de las condiciones socioeconómicas, sanitarias, educativas y culturales, y, en fin, del conjunto de circunstancias que inciden directamente sobre las expectativas de duración de la vida y de la calidad de ésta. Ello provoca que entre distintas sociedades pueda haber una disparidad de varios decenios de edad entre los que pueden considerarse “viejos” en cada una de ellas. No es lo mismo, por ejemplo, una expectativa media de vida, en Europa, por encima de setenta años, que en Etiopía, donde no alcanza los cuarenta. A este respecto, nuestro trabajo se sitúa en el contexto de nuestra sociedad, es decir, el llamado Primer Mundo o sociedades desarrolladas (Europa, EE UU, Japón, y algún otro país) en el tránsito del s. XX al s. XXI.

A ello se añade un segundo factor de relatividad del término “vejez”. Aun situados en una sociedad relativamente homogénea, y respecto de individuos con similares condiciones socioeconómicas, sanitarias y culturales, no es un proceso uniforme que en todas las personas se dé en el mismo momento, al mismo ritmo, de la misma manera ni con la misma intensidad. Es, en cambio, un proceso con acusada disparidad y heterogeneidad entre los individuos (LÓPEZ DOBLAS, 2005). Aunque en este caso, las diferencias no son tan abultadas como las debidas a la anterior diversidad sociogeográfica, pueden alcanzar algún lustro o algún decenio entre una y otra persona, al margen, desde luego, de sus respectivos estados de salud y de sus historias sanitarias, que directamente podrían provocar mayores diferencias (BOTELLA TRELIS, 2005). Por ello, nos referiremos a individuos que siguen un proceso de desarrollo físico y mental ordinario, sin accidentes ni enfermedades que alteren o precipiten aspectos de esa evolución.

En tercer lugar, la vejez ni siquiera consiste únicamente en factores, sucesos o procesos personales de carácter meramente objetivo y detectables por una medición u observación externas. En buena medida, como evolución personal que es, en el marco de la teoría evolutiva, también se ve muy influida por la actitud del individuo y por su historia de desarrollo personal (CRUZ JERTOFT, 2006). Y aunque a partir de ciertas edades avanzadas, puede haber coincidencia generalizada en que una determinada persona es vieja (pe, hoy, en España, a partir de 80 años), hay unas etapas previas, hasta alcanzar esas edades avanzadas (pe, entre los 50 y los 80 años), en que la actividad de cada uno, su actitud y las pautas con que desarrolla su vida y sus relaciones con otros, pueden hacer que se sienta a sí mismo más o menos viejo, y que incluso como tal se le perciba por quienes le rodean y por la sociedad en general. Aun sin fijar un hito preciso, aceptamos, a efectos de abordar la sexualidad y por las razones que luego se exponen, que entre los 50 y los 60 años empiezan a registrarse algunos cambios, pero que es a partir de 60, y, sobre todo, de 70 años, cuando podemos hablar de “vejez” en una acepción meramente descriptiva.

A su vez, en cuarto lugar, y en una especie de círculo vicioso, ese sentimiento y esa vivencia subjetiva de entrar en la vejez, se ven muy determinados por la concepción social dominante en torno a ella. Es decir, por el papel que se asigne o se permita en cada sociedad y en cada momento histórico a las personas que están en esa fase de tránsito de la madurez a la vejez. En nuestro contexto, el mayor número de personas con edad avanzada, y cada vez con mejor calidad de vida e incluso capacidad de expresión y de influencia social, hace que se vaya retrasando –a efectos sociales- el inicio de la vejez. Si a ello se añaden otros factores, como el considerable aumento en la edad de las primíparas, o en la que los jóvenes consiguen su autonomía respecto de los padres, retrasando su inserción social como adultos, no puede extrañar que también se retrase la edad de entrada en la vejez como categoría social. No en vano las pirámides de población europea han estrechado su base y ensanchado sus estratos medios y superiores respecto a las de épocas precedentes, determinando cambios significativos en las políticas y tendencias públicas en relación con la edad, como, por ejemplo, en las políticas de jubilación y de pensiones, o en las de ayudas a la juventud, cada vez con umbrales de edad mayores que permiten acogerse a ellas.

Variaciones de tendencias colectivas de ese calibre no pueden dejar de influir sobre los afectados, sobre su propia percepción de su utilidad social, de su lugar respecto a los otros y, por extensión, de su rol personal y colectivo; no sólo como individuos, sino en cuanto integrantes de un grupo generacional o de una categoría social. Ni puede, tampoco, dejar inalterada la percepción social por los demás de su posición y función individual y social. Por ello, aunque durante años se ha convenido en situar la vejez a partir de los 65 años, como edad general de abandono de la vida laboral activa, ni siempre es así, ni ello significa, hoy en día, el ostracismo y el confinamiento a la esfera puramente privada de quienes alcanzan esa edad. Por ello, es precisa cierta flexibilidad, que nos induce a elevar a setenta años la edad en que socialmente comienza a considerarse “viejos” a quienes la superan. Siempre, por supuesto, como punto de referencia de alcance general, y salvando todas las particularidades de cada individuo y cada situación.

Finalmente, en quinto lugar, el proceso de envejecimiento involucra todas las dimensiones de la persona, desde la afectiva y emocional hasta sus capacidades y aptitudes mentales y físicas, alcanzando sus aspectos más íntimos y sus manifestaciones y relaciones sociales más externas. Por ello, la sexualidad y su vivencia no pueden quedar al margen de ese proceso, y eso es lo que abordamos en las dos partes de este trabajo. En la primera, los aspectos fisiológicos y de salud; en la segunda, los psíquicos y emocionales, aun siendo conscientes de la interrelación e influencia mutua entre ellos, pero sin que esto impida su tratamiento separado para mayor claridad.

II. ASPECTOS FISIOLÓGICOS.

Aunque de todos los aspectos recién señalados, puede considerarse el más objetivo, no deja por ello de estar sometido a controversias. En rigor, el proceso de envejecimiento, entendido como disminución, pérdida o deterioro de tipo orgánico y funcional, empieza a registrarse desde los 35 ó 40 años, edad a la que, sin embargo, una persona en nuestro entorno no puede considerarse -ni personal ni colectivamente- como vieja ni como cercana a la vejez.

Por otro lado, en los aspectos fisiológicos es en los que más diferencias registra el envejecimiento en función del sexo, y aun prescindiendo de consideraciones y patrones psicosociales, la diversidad orgánica y biológica entre hombres y mujeres aconseja referirse a ellos por separado, sin perjuicio de poder concluir con ciertas observaciones comunes.

Para ello, se exponen, en primer lugar, los cambios en la respuesta sexual conforme avanza la edad, descritos en su aspecto puramente físico y observable objetivamente; a continuación, se apuntan las causas y variaciones fisiológicas que están en la base de esos cambios; para concluir, finalmente, en qué dimensiones adopta la sexualidad en la vejez desde la óptica fisiológica.

II. 1. La respuesta sexual en la vejez.

            Como se ha subrayado en el epígrafe anterior, en cualquier indagación sobre esta materia no resulta desdeñable la dificultad para conseguir datos cuantitativa y cualitativamente significativos. Hasta hace pocos años, la concepción social dominante excluía la sexualidad en la vejez, y los propios individuos afectados sentían pudor, o incluso culpa, a la hora de poder manifestar con naturalidad sus impulsos, apetitos o satisfacciones de carácter sexual, e incluso referirse a ellos o describir sus vivencias.

Por ello, los primeros estudios aparecidos en los años cincuenta y sesenta (KINSEY, MASTERS y JOHNSON, y otros) empezaban por advertir lo limitado de sus conclusiones, habida cuenta de los escasos datos empíricos en que se basaban. Aun así, buena parte de aquellos estudios se han visto confirmados por aportaciones posteriores, que han podido contar con mayor base estadística, como son, entre los más recientes, los de RATHUS, NEVID y FICHNER-RATHUS, y, dentro de nuestras fronteras, los de LÓPEZ y OLAZÁBAL, ambos publicados en 2005.

            Observando esa floración de estudios de las últimas décadas, quizás el enfoque más analítico y pormenorizado de los cambios en la respuesta sexual, desde el punto de vista descriptivo de sus manifestaciones físicas, siga siendo el que hace cuarenta años ofrecieron MASTERS y JOHNSON (1966), erigiéndose en punto de referencia obligada de las posteriores indagaciones. Por ello, seguimos básicamente sus hallazgos, sin perjuicio de acotaciones procedentes de otros estudios.

II.1.1. La respuesta sexual de la mujer.

Frente a cualquier estímulo sexual, la reacción general de la mujer comienza a registrar cambios físicos entre los cincuenta y los sesenta años respecto a la manifestada en edades más jóvenes, aunque es a partir de esta última edad cuando puede alcanzar variaciones más significativas.

Agrupando esa reacción en dos grandes bloques, la que afecta a órganos genitales y otro tipo de reacciones, se detectan, entre otras, las siguientes variaciones principales.

     1)) Órganos genitales.           

Tanto en los externos como en los internos, hay cambios fisiológicos que afectan a la respuesta sexual, o que provocan que ésta adquiera distintas exteriorizaciones. Si hubiera que resumirlos en una sola noción, puede formularse como una pérdida de elasticidad de los tejidos implicados, a partir de los sesenta años, respecto a edades más tempranas.

Entre los órganos externos, ciertamente, no parece verse afectado el clítoris, que conserva su capacidad de tumefacción y retracción de modo similar al de las mujeres jóvenes. Ni tampoco hay gran variación de los labios menores, que solamente manifiestan una menor vasodilatación y, consecuentemente, menor enrojecimiento que en edades anteriores. Los labios mayores, por su parte, sufren una disminución del tejido adiposo y de su elasticidad, dando lugar a una menor o nula elevación de los mismos para facilitar la apertura y el introito vaginal.

En cuanto a los órganos internos, se puede observar una reducción del útero, coherente con la finalización de la edad fértil o reproductora, pero lo más relevante son las transformaciones vaginales. Este órgano experimenta, a partir de los sesenta años de la mujer, sin perjuicio de excepciones que retrasan este proceso, un alisamiento y adelgazamiento de sus paredes, que también reciben menor irrigación, lo que aclara su color. Asimismo se observa una pérdida de elasticidad y de capacidad de expansión, dando lugar a un estrechamiento y acortamiento de la vagina y a una menor abertura vaginal. Por otra parte, la respuesta sexual coital también varía, al registrarse generalmente una menor lubricación, y, en la fase orgásmica, una menor capacidad de contracción vaginal, disminuyendo a 3 ó 5 frente a las 5 ó 10 que puede experimentar una mujer joven. En algún caso, consta que esa pérdida de elasticidad puede generar reacciones dolorosas al coito.

       2) Otras reacciones al estímulo sexual.           

             Como reacción orgánica general, el enrojecimiento de la piel que se observa en la mujer joven, afectando casi todo su cuerpo, empieza a disminuir entre los cuarenta y los cincuenta años. La vasodilatación periférica que lo provoca se reduce primero a la mitad superior del cuerpo, y con la edad va desapareciendo progresivamente de la espalda, torso, cuello y cara, de manera que a partir de sesenta años no se observa prácticamente esta reacción al estímulo sexual.

            Otro tanto ocurre con la miotonía o tensión muscular, reacción igualmente generalizada en la mujer joven y que va perdiendo intensidad con la edad, de manera que entre sesenta y setenta años, cuando persiste, queda ya muy localizada y en órganos directamente afectados por la estimulación o la práctica sexual.

Una variación más específica es la que tiene lugar respecto a la uretra y la vejiga de la orina. El adelgazamiento de la vagina, al que se ha hecho antes referencia, así como su mayor rigidez, provocan cierta desprotección de esos órganos internos, que absorben la irritación mecánica producida por el frotamiento de las paredes vaginales durante el coito. No es extraño, por ello, que a partir de los sesenta años haya mujeres que relatan episodios de quemazón interior tras el enlace coital, y que en algunas haya micciones incontroladas o sensación de ellas.

Finalmente, también los senos registran con la edad variaciones ante los estímulos sexuales. Aunque la erección del pezón se mantiene en términos similares a los de las mujeres jóvenes, no ocurre lo mismo con el aumento de tamaño de la mama por la vasodilatación. Entre los cincuenta y los sesenta años, dicho aumento es cada vez menor, y por encima de esta última edad ya no se registra aumento de tamaño. Y lo mismo ocurre con el enrojecimiento de la aréola, que es más raro entre los cincuenta y sesenta años y desaparece a partir de esta edad.

II.1.2. La respuesta sexual del hombre          

Según las observaciones realizadas directamente, y las obtenidas por descripción de los interesados, la respuesta sexual masculina comienza a modificarse significativamente a partir de los sesenta años, adquiriendo la forma de una mayor lentitud de la respuesta en cualquiera de las fases del ciclo sexual.

Distinguiendo también entre los órganos genitales y otro tipo de reacciones al estímulo sexual, destacan las siguientes variaciones.

        1) Órganos genitales.

En cuanto a los testículos, empieza a registrarse, a partir de los cincuenta y cinco años, una menor elevación de los mismos en las fases preorgásmicas y orgásmica, así como una inalterabilidad de su tamaño que difiere del aumento que presentan los hombres jóvenes.

Externamente, el escroto que los alberga también sufre variaciones. La vasodilatación que acompaña al estímulo sexual provoca en los jóvenes un alisamiento de su superficie, que se vuelve tersa y tirante durante la actividad sexual. Tras los sesenta años, esa vasodilatación disminuye, con la consecuencia de que el escroto presenta mayor arrugamiento y flacidez, sin que la estimulación sexual llegue a provocar la tersura del hombre joven.

En cuanto al pene, a partir de los sesenta años hay mayor lentitud en la erección y en la eyaculación. Aunque se sigue produciendo el aumento de tamaño del pene y del glande antes de la eyaculación, disminuye la intensidad y el número de contracciones expulsoras del semen, que es arrojado con menor presión que por el hombre joven. En cambio, la refracción tras la eyaculación es inmediata, y se mantiene por tiempo más prolongado que en edades inferiores. No es raro tampoco que a partir de esa edad haya períodos refractarios, es decir, pérdida de la erección sin que haya habido eyaculación.

2) Eyaculación           

            En el hombre joven, la emisión del semen se efectúa en dos etapas. La primera es de contracción de los órganos secundarios, lo que provoca en el hombre la sensación de proximidad y, sobre todo, de inevitabilidad de la eyaculación. La segunda etapa tiene lugar unos tres segundos más tarde, y consiste en contracciones del pene que hacen avanzar a través del mismo el líquido seminal, hasta su expulsión por el orificio del meato.

            A partir de los sesenta años, esas etapas empiezan a confundirse, perdiéndose la clara separación entre ellas y produciéndose la eyaculación en una sola etapa, sin que haya distancia temporal entre la sensación de inevitabilidad de la eyaculación y el momento de la expulsión. En algún caso, se registra la primera etapa pero no llega a producirse la eyaculación, por algún fallo neurofisiológico, aunque suele ser de carácter transitorio. Con el aumento de edad, por encima de los setenta o los ochenta, más que expulsión del semen hay derrame del mismo, al disminuir la intensidad de la eyaculación, su presión y su duración, pudiendo incluso ser inadvertido por el sujeto.           

         3) Otras reacciones al estímulo sexual.

             El enrojecimiento sexual, que en el hombre joven se localiza especialmente en la cara, cuello y torso, empieza a disminuir a partir de los cincuenta años, hasta su total desaparición al pasar de los sesenta.

Un fenómeno similar ocurre con la miotonía o tensión muscular, que disminuye también a partir de esa edad y registra contracciones menos intensas.

En el caso de las mamas, aunque la reacción no es tan compleja como la de la mujer, también se observa, a partir de los sesenta años, la mayor lentitud en la erección del pezón, manteniéndose, a su vez, menos tiempo que en el hombre joven.

Finalmente, las contracciones del esfínter rectal provocadas por la estimulación sexual y durante la fase orgásmica, se reducen a partir de los cincuenta años.

II.2. Cambios fisiológicos en la vejez

            Lógicamente, todos los cambios generales que en el orden fisiológico se van produciendo en el organismo conforme avanza la edad pueden influir sobre la sexualidad. No sólo en lo relacionado con la respuesta sexual –como hasta aquí se ha analizado- sino también en lo relativo al deseo, al impulso sexual y, en general, a todo el comportamiento de los individuos en esta dimensión de su existencia.

Por ello, sería interminable la mera enunciación de todos esos procesos, desde los que influyen sobre aspectos físicos, como la resistencia, la flexibilidad o la potencia, hasta los que condicionan, determinan o simplemente influyen sobre la aptitud mental y la capacidad y tensión sexual. Debido a ello, exponemos solamente aquellos cambios fisiológicos directamente determinantes de modificaciones en la aptitud o actitud sexual, y de entre éstos los que registran variaciones más significativas con la edad.

Nuevamente en estos aspectos fisiológicos, hay diferencias bien notables entre el hombre y la mujer. Reduciéndolas a una sola, consisten en que la mujer atraviesa un período de climaterio (antes, durante y después de la menopausia) que supone un punto de inflexión de sus procesos fisiológicos con respecto a los registrados durante su edad juvenil y adulta antes de alcanzar esa etapa. En cambio, el hombre no atraviesa un similar punto de ruptura, y en su caso los cambios fisológicos son graduales y progresivos. Por eso, aunque para ambos sexos puede situarse el comienzo del “enevejecimiento” a partir de los treinta y cinco o cuarenta años, no sigue el mismo ritmo desde el punto de vista fisiológico.

II.2.1. Cambios fisiológicos en la mujer.

Con la menopausia, situada en torno a los cincuenta años, se produce –como característica principal- la pérdida funcional de los ovarios. Ello determina una peor respuesta ante las hormonas segregadas por la hipófisis, tanto la luteinizante (HL) como la folicular estimulante (FSH).

La menor absorción de estas hormonas conlleva una disminución de estrógenos en sangre, particularmente de estradiol (E2), lo que da lugar a una mayor producción de esas hormonas, que determina irregularidades del ciclo menstrual. Tal disminución de estrógenos se compensa parcialmente con estrona (E1), producida por aromitación en grasa y en músculos de andrógenos, y por ello se observa que las mujeres obesas son menos vulnerables a la menopausia.

Aun así, el déficit estrogénico no llega a superarse, y éste influye sobre la generalidad del organismo femenino, dando lugar a reacciones y procesos que en algunos casos pueden revestir caracteres graves. Por eso se han intentado las terapias con estrógenos, persiguiendo en los últimos años reducir sus efectos secundarios o contraproducentes. Aun con sus limitaciones, se prosigue por esta vía, dadas las influencias que el citado déficit estrogénico puede desarrollar. Entre las más notables cabe citar las siguientes:

  1. Sobre el centro termorregulador del hipotálamo, provocando súbitos cambios de temperatura corporal, que se manifiestan en sofocos, calores, etc., de frecuente aparición durante la menopausia y el climaterio.
  2. Sobre los órganos genitales, provocando atrofia y pérdida de elasticidad de la vagina, que se acorta, presentando una mucosa más pálida y delgada, con zonas irritadas. Asimismo, adelgazamiento de los labios vaginales, que pierden elasticidad, estrechando el introito vaginal. Estos cambios orgánicos, fruto de los hormonales, se manifiestan en menor lubricación vaginal, dando lugar a irritación y picor ante la penetración, y dispareunia (disminución del placer sexual). Aunque no se sabe con certeza si hay una menor trasudación ante el estímulo erótico o una vascularidad deficiente de la pared vaginal, las modificaciones citológicas son innegables, con acortamiento de la vagina.
  3. Sobre la masa ósea, tras unos diez años después de la menopausia, pudiendo provocar osteoporosis, que afecta, con mayor frecuencia, a columna vertebral, muñecas y cadera, pudiendo originar cifosis en las vértebras dorsales (la lamada “joroba de la viuda”).
  4. Sobre los vasos sanguíneos, disminuyendo el efecto protector de los estrógenos, lo que puede dar lugar a patologías cardíacas y vasculares.
  5. Sobre el sistema nervioso central, que puede llegar a sufrir afecciones como la enfermedad de Alzheimer y otras patologías neurodegenerativas.

II.2.2. Cambios fisiológicos en el hombre.

Conforme se ha adelantado, el sexo masculino no presenta un punto de inflexión de sus procesos hormonales, y de hecho la actividad testicular de producción de andrógenos se mantiene con la edad.

Tan sólo en casos muy minoritarios se ha observado por encima de los sesenta años una especie de etapa análoga a la del climaterio, aunque sin sus cambios hormonales. En estos supuestos, se registra una pérdida de peso y de apetito, mayor irritabilidad, propensión a la fatiga y, en lo sexual, una disminución de la líbido. Tales casos revelan una concentración de testosterona en sangre por debajo de 325 mg. por decilitro.

Pese a ello, al no haber una base permanente de déficit hormonal, ni variación brusca inevitable en la capacidad de producción de andrógenos, basta un tratamiento de unos dos meses con testosterona para mejorar esa situación.

En consecuencia, la menor y más lenta respuesta sexual del hombre a partir de cierta edad –como se ha descrito anteriormente- no se debe a una insuficiencia hormonal ni a una alteración brusca de sus procesos fisiológicos directamente asociados con la sexualidad. Debe pensarse, por el contrario, que es una manifestación más del proceso de envejecimiento que afecta a todo su organismo.

II.3. Fisiología y sexualidad en la vejez.

            Una vez descritos los procesos físicos y fisiológicos directamente ligados con la sexualidad, parecería lógico concluir que ésta disminuye considerablemente con la edad, a medida que se van dando los cambios reseñados. Si así fuera, a partir de los cincuenta años, y ya acusadamente desde los sesenta, debería darse una disminución muy considerable en la aptitud y capacidad sexual, determinando una importante reducción o incluso extinción de la misma en los individuos de esas edades.

Sin embargo, tanto la observación directa de los grupos de ensayo como la descripción por los individuos encuestados muestran que esos cambios no necesariamente significan el fin, y ni siquiera la decadencia, de la conducta sexual.

Ya en 1966, MASTERS y JOHNSON pudieron afirmar con rotundidad que tras la menopausia de la mujer no acaba la sexualidad, pese a registrar cambios más drásticos en su organismo que el varón. Tampoco en éste, aunque haya un decrecimiento o enlentecimiento de la respuesta, fenece la actividad sexual al compás de su involución hormonal o fisiológica.

En el caso femenino, cuando la alteración y el déficit hormonales son acusados, la disminución de los esteroides y de la función endocrina podrían tener influencia indirecta sobre el impulso sexual. En tal caso -sostuvieron estos autores- la terapia con esteroides puede ayudar a recuperar ese impulso; no tanto por influencia directa, como por la indirecta al hacer desaparecer o disminuir ciertos síntomas secundarios del déficit hormonal que pueden afectar al impulso sexual, como la fatiga, la irritabilidad, cefaleas, dolor pelviano, etc. Los avances de las últimas décadas en estas terapias pueden permitir asentar “la imagen de la menopausia como una etapa en la vida de la mujer plena y activa en todas sus facetas, tanto individuales, como sociales, laborales y familiares” (Informe “Menopausia, ¿una etapa más en la vida?”, 2006).

En el caso de los varones, aunque la respuesta sexual pueda disminuir a partir de los sesenta o sesenta y cinco años, ya pudieron observar que se daba una gran variabilidad entre sujetos, dependiendo no tanto de factores orgánicos ni hormonales como educativos y culturales. Concretamente, comprobaron que el medio sociosexual del individuo y la formación de su sexualidad durante su etapa juvenil podrían tener más peso en el mantenimiento de la misma con la edad, que la involución hormonal u orgánica. Incluso observaron mayor conservación de la respuesta sexual si la práctica sexual venía siendo frecuente, con independencia del tipo de práctica de que se tratara, unipersonal o compartida.

Por otro lado, también los avances de los últimos años han enfrentado la cuestión de las disfunciones eréctil en los varones, no necesariamente como consecuencia de la edad. Es sorprendente el dato aportado por I. GOLDSTEIN (2000) de que en el área de Boston un 40 por 100 de varones mayores de 40 años presenta disfunciones de ese tipo. Junto a medicamentos que actúan directamente sobre el pene, como la conocida Viagra, se están también ensayando otros que actúen sobre el sistema nervioso central. Concretamente, la apomorfina, que actúa como remedo de la dopamina y potencia las erecciones mediante el engarce a receptores específicos en neuronas del núcleo paraventricular y del APOM. Al igual que la Viagra provoca dolor de cabeza, congestión nasal y enrojecimiento facial, la apomorfina provoca náuseas en sus primeras dosis, por lo que se busca una terapia combinada entre ambas.

Al margen de estas influencias externas, y considerando la población de individuos que siguen una evolución sin alteraciones extrínsecas, LÓPEZ y OLAZÁBAL, tras alertar sobre la gran influencia psicosocial que puede recaer sobre la sexualidad de las personas de edad avanzada, exponen los cambios que los factores fisiológicos y hormonales pueden provocar sobre el ciclo sexual, y los resumen en una tabla que ofrece el siguiente cuadro explicativo:

Deseo Excitación Orgasmo Resolución
Hombres - Factores psicosociales- Factores hormonales(Puede disminuir) - Más lenta- Dificultad deErección - Menor eyaculación- Menos contracciones - Mayor tiempode recuperación
Mujeres - Factores psicosociales- Factores hormonales(Suele disminuir) - Más lenta- Dolor en coito - Menos contracciones- Multiorgásmica - No se ve afectada

 

III. SEXUALIDAD, ENFERMEDAD Y FACTORES PSICOLÓGICOS EN LA VEJEZ.

Aunque la sexualidad en los ancianos sufre cambios físicos y funcionales, según acaba de describirse, eso no justifica que no se piense en una sexualidad en la vejez. Los propios problemas de salud asociados a la edad, la enfermedad o la discapacidad del anciano no tienen por qué afectar necesariamente a su sexualidad.

Sin embargo, algunos de los problemas de salud que se verifican en la vejez pueden afectar o provocar ciertos cambios en la sexualidad en los ancianos. El sexo es el aspecto que más influencias sufre en la sexualidad de los ancianos, lo que se debe a las enfermedades que acarrean cierto dolor. No obstante, al tratarse de situaciones patológicas, que escapan a la evolución ordinaria o espontánea, y que también pueden presentarse en edades más tempranas, no nos detendremos en cada una de ellas. Nos limitamos a una sencilla enumeración de las que presentan mayor frecuencia en edades avanzadas, así como de los factores psicológicos que de alguna forma pueden afectar el adecuado disfrute de la sexualidad en la vejez.

La Artritis, el Dolor Crónico, Diabetes, enfermedades cardiovasculares, Incontinencia, Derrame Cerebral, apoplejía, intervenciones quirúrgicas (histerectomía, mastectomía, prostatectomía) son algunos de los problemas de salud que suelen afectar a la sexualidad en los ancianos.

III.1. Enfermedades.

            El dolor de las articulaciones ocasionado por la Artritis puede hacer que el contacto sexual resulte incómodo. Otra enfermedad relacionada con el dolor es el Dolor Crónico (no es únicamente un problema del envejecimiento), caracterizado por un dolor que persiste durante más de un mes o que aparece y desaparece frecuentemente. El dolor crónico puede ser ocasionado por otros problemas óseos o musculares, herpes zoster o culebrilla, mala circulación o problemas de los vasos sanguíneos.

El dolor crónico puede afectar a la sexualidad en el propio sexo o en el aspecto relacional, pues esta enfermedad suele acarrear problemas para dormir, depresión, aislamiento y dificultades de locomoción.

En algunos casos, en los varones ancianos, la diabetes puede presentarse como un obstáculo a su sexualidad. La diabetes es una de las pocas enfermedades que puede causar impotencia.

El estrechamiento y endurecimiento de las arterias, vulgarmente conocido como arterioesclerosis, provocados por los problemas de corazón, tienen como consecuencia cambiar la estructura de los vasos sanguíneos e impedir que la sangre fluya libremente. Estas consecuencias afectan a la erección en los hombres y pueden aumentar la tensión arterial. Es erróneo considerar que personas mayores con episodios de infartos no pueden y no deben practicar sexo, algo que, por el contrario, se considera beneficioso para ellas.

Directamente relacionada con el sexo, existe la posibilidad de una enfermedad arterial oclusiva peneana, la mayoría de las veces consecuencia de una arterIoesclerosis difusa, asociada a problemas de colesterol.

Los problemas de corazón suelen afectar también el buen desempeño de otros aspectos de la sexualidad, debido a un cierto temor por sufrir otro infarto, aunque la probabilidad de un nuevo ataque sea muy baja, si se siguen los consejos médicos.

La pérdida del control de la vejiga, la incontinencia urinaria, muy común a medida que se envejece, puede llevar a la evitación del contacto sexual, debido a la presión que se ejerce sobre el abdomen durante el acto sexual. Cualquier esfuerzo, como al hacer ejercicio, toser, estornudar o levantar algo, puede provocar un escape de orina.

Una vez sufrido un accidente cerebrovascular, existe la probabilidad de que el hombre tenga problemas de erección, lo que causa cierta dificultad en la capacidad para sostener relaciones sexuales. Sin embargo, aun padeciendo una debilidad o parálisis consecuente de un accidente cerebrovascular, existe la posibilidad de usar dispositivos médicos que permiten la practica de sexo, y otra técnica sería usar diferentes posiciones que no resultaran perjudiciales a su salud.

La consecuente administración de fármacos – ya aludida- como antidepresivos, antihistamínicos, tranquilizantes, supresores del apetito y sus efectos secundarios, pueden afectar la capacidad sexual del hombre en lo que es tener o mantener erecciones, dificultad en la eyaculación, y en la mujer puede llevar a la disminución del deseo sexual. Los fármacos utilizados para enfermedades cardiovasculares y para la depresión suelen disminuir el deseo sexual en los ancianos.

La sensibilidad peneana de los hombres puede también ser afectada por el déficit de vitamina B12. El déficit de vitamina B12 o Cobalamina, provoca anemia, daños cerebrales, depresión y pérdida de memoria. Esta vitamina sirve para regenerar la medula ósea y los glóbulos rojos, ayuda al sistema nervioso, mejora la memoria, conserva el estado de ánimo. Especialmente en las mujeres, ayuda durante la menstruación.

III.2 Factores psicológicos.

            El modo de pensar y de sentir de cada uno influye de forma significativa a la hora de enfrentarse a los diferentes aspectos de la vida. El disfrutar de la sexualidad por las personas mayores muchas veces depende de su manera de pensar y de sentir su sexualidad.

Una excesiva preocupación por parte del hombre, respecto a la impotencia, puede llevar a una situación de estrés suficiente para producir problemas de erección. El problema de la impotencia puede verse afectado por dos aspectos: por un lado, puede darse una excesiva autoatención al tema durante el acto sexual, acompañada de sentimientos de aprensión o ansiedad. Por otro lado, existe la posibilidad de que el hombre considere la impotencia un problema “normal” en esa etapa de la vida y no procure una solución para el problema.

Para muchas mujeres, su nueva apariencia física suele ser motivo de una gran preocupación. El miedo a que su compañero no considere atractiva su nueva apariencia física hace que la mujer mantenga conductas nada favorecedoras del disfrute de la sexualidad. Muchas de estas mujeres dejan de emitir conductas de seducción, disminuyen o anulan la iniciativa de interacciones sexuales y/o pasan a arreglarse menos.

La posible existencia de trastornos mentales en la vejez, provoca alteración en la relación de los ancianos con la esfera sexual, a través de hipersexualidad o desviaciones sexuales.

La atribución de los problemas relacionados con la sexualidad al hecho de que “uno es ya mayor”, favorece el pensamiento erróneo de que el anciano no tiene control sobre estos problemas, con lo que la persona mayor no se esfuerza por buscar soluciones.

La interiorización de falsos tabúes y creencias erróneas creadas sobre la propia vejez y sobre la sexualidad en la vejez contribuyen a que el anciano no pueda disfrutar de su sexualidad.

Otro de los aspectos psicológicos que pueden interferir en el pleno disfrute de la sexualidad en la vejez es el miedo a las intervenciones quirúrgicas. Existe la probabilidad de que este miedo afecte al deseo sexual y a la propia forma en que uno se siente en relación con su cuerpo y su sexualidad.

Después de una histerectomía, intervención del útero en la mujer, la mujer puede sentirse incapaz de disfrutar del sexo o su pareja puede pasar a verla como “menos femenina”, estos aspectos pueden ser tratados con ayuda de un terapeuta.

La mastectomía, extirpación de la mama, tampoco afecta a la capacidad de la mujer, sino que causa un cierto problema en aceptar la nueva imagen corporal. Puede ocurrir que la mujer no se sienta deseada por parte de su pareja o pierda el deseo sexual.

La prostectomía en los hombres, intervención de la próstata, suele originar incontinencia o impotencia, ambos aspectos tratables.

Los tratamientos pre y post quirúrgicos son de gran importancia en el momento de evitar o prevenir sus consecuencias negativas.

La depresión en la vejez acarrea dificultad para mantener relaciones personales y sexuales placenteras. Lo que adjuntado a su medicación suele causar impotencia en los hombres y falta de deseo sexual en las mujeres.

El cáncer y sus consecuencias suelen provocar depresión y ansiedad, por pérdida de la autoestima y una cierta mala impresión de su imagen corporal.

En síntesis, aunque la influencia de las enfermedades sobre la sexualidad no es exclusiva de los ancianos, es cierto que su deterioro o debilitamiento fisiológico y físico general les hace más susceptibles de padecerlas, aumentando las carencias físicas y, sobre todo, psicosociales, que dificultan la sexualidad en la vejez. A modo de esquema, destacamos la influencia de las siguientes enfermedades:

Enfermedad Tratamiento
Artritis Cirugía de reemplazo de articulaciones y medicamentos para alivio del dolor.Ejercicio, descanso, baños calientes y cambios de posición o de horario para la actividad sexual.
Dolor Crónico El tratamiento específico del dolor crónico será determinado por el médico teniendo en cuenta algunas características como: edad, estado general de salud y sus antecedentes médicos, gravedad del transtorno, tolerancia a determinados medicamentos, procedimientos o terapias.
Diabetes Debe seguirse el tratamiento específico de la diabetes y seguir un tratamiento médico para la impotencia.
Problemas de Corazón Seguir los consejos médicos. Retomar la actividad sexual entre 3 y 6 semanas después de la estabilización tras un ataque cardíaco.
Incontinencia Prevención, Medidas higiénico-dietéticas, Tratamiento farmacológico, Cirugía, Autocateterismo intermitente, Entrenamiento de la vejiga, Tratamiento paliativo, Estimulación eléctrica intravaginal.
Accidente cerebrovascular Depende del tipo de ACV.

 

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