C/En Sanz, 6 - pta. 9. 46001 Valencia. Tel: 963 256 294
TwitterFacebookASK IvapsanLinkedIn IvapsanGoogle Plus + Ivapsan

Menu Secciones

Escrito por en mar 2015 en Blog | 1 comentario

LA SEXUALIDAD EN LA VEJEZ (II): ASPECTOS PSICOLÓGICOS

LA SEXUALIDAD EN LA VEJEZ (II): ASPECTOS PSICOLÓGICOS

Este artículo lo puedes leer en aprox.: 32 minutes

 

images

Es frecuente considerar que en la vejez queda suprimida la sexualidad, bien por enfermedades invalidantes bien por el deterioro físico y la pérdida de interés de los mayores por esta dimensión de la personalidad.

Lo cierto es que en buena medida, y al margen de enfermedades que directamente pueden actuar sobre la sexualidad, son sobre todo constructos sociales los que llevan a aquella conclusión, perdiendo de vista que aun en edades avanzadas puede haber interés sexual, con sus propias manifestaciones y formas de expresión.

I. ASPECTOS PSICOLÓGICOS Y RELACIONALES DE LA SEXUALIDAD EN LA VEJEZ.

Para saber cómo llega una persona a la etapa de la vejez tendríamos que analizar cuál ha sido su modo de vida; sus rutinas, su actividad física, su nivel cultural, sus relaciones, y puesto que tratamos el tema del sexo, qué relaciones ha mantenido, con qué frecuencia, y si éstas han sido satisfactorias.

No es que con ello tengamos una certeza de cómo será su vejez, pero  esta información puede indicarnos ciertos rasgos de salud y estabilidad psicológica y física durante esta nueva etapa.

Cuanto más se cuida una persona en su juventud (menos fuma, bebe y más ejercicio físico ha efectuado) más posibilidades tiene de vivir sin problemas importantes y, por otro lado, el haber tenido un ejercicio gozoso, frecuente e intenso del erotismo, permite llegar a la vejez sin inconvenientes funcionales en el área genito-sexual.

Supuestamente, ésta es una etapa de la vida en la que existe mayor experiencia sexual, mayor conocimiento de sí mismo y, en su caso, mayor entendimiento en la interacción con la pareja, mayor ternura y sabiduría, lo que permitiría un intercambio más pleno y satisfactorio con la otra persona.

Por otra parte, como en esta época se agudiza el criterio de la realidad, se toma conciencia de lo que puede y no puede hacerse con el sexo, el erotismo está vigorizado en comparación con el acto sexual propiamente dicho, con una mayor consolidación de la pareja. Al desaparecer los intereses o las preocupaciones reproductivas, en el caso de parejas heterosexuales, la sexualidad en esta etapa de la vida tiene como único fin el dar y recibir placer.

I.1. Aspectos sociales de la sexualidad en la vejez.

Estudios actuales han demostrado que la actividad sexual en la vejez está influida por diversos factores que pueden mermar la calidad y cantidad de relaciones sexuales e incluso hacer que desaparezcan, y cuyo conocimiento es necesario:

1) Pérdida de la pareja: ésta suele ser una de las primeras causas de abstinencia sexual, especialmente en  mujeres, ya que en  mayor porcentaje son las que llegan viudas a la edad tardía.

A pesar de lo mucho que han cambiado los criterios sociales, todavía se ve con extrañeza, o incluso con sorna, que un anciano –o anciana especialmente- trate de buscar una nueva pareja.

2) Deterioro de la relación matrimonial: Es éste uno de los motivos que más pueden detectarse en las consultas como causa de trastornos sexuales en la ancianidad e influye, entre otros, en la monotonía de la relación sexual y en los problemas de comunicación.

A partir de cierta edad, aun habiendo hijos, la pareja retoma la relación tú-yo que establecieron hace años, cuando aún no tenían familia, estatus… y si ésta era una relación conflictiva, inmadura o precipitada, en la vejez resurge de nuevo.

3) Jubilación: Es un momento crítico, ya que el cambio de estilo de vida es radical en mayor o menor medida. La persona ha de estar preparada para asimilar este  nuevo estatus, debe replantearse qué hacer con todo el tiempo que le resta, su nuevo sueldo, sus relaciones de pareja, familiares y amistades, sus hábitos, etc. Si no lo ha asimilado previamente, le puede suponer una  crisis que afecte a todos los aspectos de su vida, y por supuesto al sexual.

4) Salud: durante esta fase de la vida, la salud toma una especial importancia, ya que al declive físico que se experimenta, hay que ir añadiendo secuelas y enfermedades propias de la edad o que se agravan con ella, tanto físicas como psicológicas, e incluso ambas simultáneamente. Como se ha examinado en el epígrafe anterior, muchos cuadros crónicos, que durante la edad adulta se sobrellevan sin grandes complicaciones, pueden acentuar su influencia en edades avanzadas, interfiriendo en la vida sexual.

Por otra parte, no es extraño que, bien por factores exógenos, bien endógenos, surjan trastornos psicológicos como la depresión, la ansiedad, trastornos cognitivos u otros que van reduciendo las capacidades motoras paulatinamente, así como las relacionales.

5) Convivencia familiar: a pesar de que cada vez se tiende más a llevar a los ancianos a residencias o centros, todavía una mayoría de familias, porque no pueden o porque no quieren, mantienen a sus padres en casa, especialmente en caso de viudedad.

En ocasiones, la vivienda no cuenta con el espacio necesario para garantizar la intimidad, por lo que la familia opta por hacer que la persona mayor comparta habitación con nietos o nietas.

No es extraño entonces que en la misma casa se puedan encontrar varias generaciones y que ninguno de estos miembros tenga en cuenta la necesidad de intimidad de los mayores.

6) Falsas creencias sobre la vejez: esperemos que con las generaciones venideras este factor merme su influencia negativa, pero aún hoy existen una serie de pautas sobre la vejez que continúan afectando a la calidad de vida de estos individuos, especialmente aquéllas que definen las conductas como aceptables o inaceptables en una persona mayor. Estas creencias condicionan negativamente las posibilidades de que estas personas vivan de forma adecuada y libre su sexualidad. Algunas de ellas son las siguientes:

-  La capacidad fisiológica en la tercera edad no permite tener conductas sexuales.

-  Las personas mayores no tienen intereses sexuales.

-  Los que se interesan son unos pervertidos o “viejos verdes”.

-  Las ancianas a las que les interesa el sexo han sido ninfómanas en su juventud.

- En la vejez es más frecuente el exhibicionismo y los abusos a menores.

- El sexo es malo para la salud y más cuando eres viejo.

- El sexo debilita.

- La masturbación desaparece en la adultez y si reaparece en la vejez es por un  trastorno importante.

- Después de la menopausia la satisfacción es menor.

- A las mujeres mayores no les interesa el sexo, pero a los hombres sí

- Los viejos enfermos no tienen deseo.

- Las personas mayores no son deseables.

I.2. Relaciones afectivas y de pareja en la vejez.

Con la prolongación de la edad media de vida, es frecuente que muchas parejas alcancen la vejez manteniendo su convivencia. Sin embargo, más allá de la convivencia, cabe preguntarse cómo son sus relaciones, si son felices, si hay entre ellos unión y entendimiento o se mantienen juntos por costumbre, inercia, o incluso presión social o para evitar la soledad a edades avanzadas.

Según estudios realizados, las parejas de más de 60 años que todavía están juntas tienen mayor probabilidad que las parejas de edad intermedia de considerar su relación como satisfactoria. Muchas dicen que su relación ha mejorado con  los años.

Por lo general, la decisión de una ruptura llega temprano en la pareja, por lo que las que deciden permanecer juntas pese a las crisis y son capaces de superar sus diferencias y de llegar a una relación mutuamente satisfactoria, la consolidan con la edad.

Otra posible razón, por la que la calidad de la relación mejora es que su satisfacción puede surgir de factores externos a la propia pareja, como son el trabajo realizado durante su vida, el fin de la crianza de los hijos, o una buena pensión o ahorros que alejan los problemas y las angustias de tipo económico.

Además, el estar enamorado es importante, y también el compañerismo, la expresión abierta de los sentimientos, el respeto y los intereses comunes. Si estos aspectos se han cultivado durante la relación, a edades avanzadas le dan mayor solidez.

Sin embargo, puede suceder que en este momento en el que se retoma la relación de ambos (sin la presión de los hijos o el trabajo), cada uno se vuelca más hacia el interés por el otro, hacia sus necesidades, gustos, manías….

Esta capacidad para manejar  altibajos  durante esta etapa con relativa serenidad puede resultar de su mutuo apoyo.

En resumen, quien llega en estas condiciones a la edad tardía obtiene tres beneficios importantes en la pareja: intimidad (sexual y emocional), interdependencia (compartir tareas y recursos) y sentido de complicidad y de poder contar con la otra persona.

Pero hay también muchas personas que no han llegado a consolidar una pareja estable durante su etapa adulta, o no la han tenido nunca, por lo que es preciso referirse también a la edad avanzada en estas situaciones. Entre otras, destacamos:

1) Viudedad o soltería: Comúnmente las mujeres que hoy tienen edades elevadas se casaron en su día con hombres mayores que ellas. Este factor, junto a la mayor expectativa de vida de las mujeres, hace que al llegar a edades avanzadas encontremos más mujeres solas que hombres.

Cuando la persona pierde a su pareja, y cae en un período de inactividad sexual casi absoluto, puede suceder que, si en etapas posteriores desea iniciar relaciones con otra pareja, se presenten mayores dificultades para lograrlo, sobre todo en el hombre, por disfunciones de la erección (síndrome de la viudedad).

Algunos sexólogos recomiendan la práctica masturbatoria durante este período de soledad, si no existen impedimentos psicológicos o culturales. Esta recomendación, aunque parezca chocante para algunos, puede contribuir a mantener tanto en el hombre como en la mujer, los mecanismos fisiológicos sexuales en actividad relativa y no en inacción absoluta. No en vano, como se ha expuesto anteriormente, ya desde los primeros estudios de los años sesenta del pasado siglo sobre la respuesta sexual humana, se observó que ésta mejoraba con la práctica frecuente, del tipo que fuera.

2) Homosexualidad: Si llegar a la vejez es complicado, hacerlo siendo homosexual lo es aún más. En España pueden empezar ahora a conocerse casos de personas que en su edad tardía deciden explicitar –en algún caso, tras asumirla ante sí mismos- su homosexualidad. Muchas de ellas, sin embargo, han estado casadas e incluso tienen hijos, por lo que esta decisión puede suponer un verdadero shock para su entorno social.

Para ellas mismas, por un lado puede tener consecuencias catastróficas, en la medida en que su entorno próximo y sus parientes puedan rechazarlas. Por el otro, puede significar una liberación de una tremenda carga que han arrastrado durante buena parte de su vida. Finalmente, tampoco cabe despreciar el hecho de que a edades avanzadas puede relajarse el control social, y algunas personas mayores, sobre todo si no son dependientes económica ni afectivamente de otras, dan menos importancia a su imagen social o, en una palabra, al “qué dirán”.

En España todavía no existe un grupo excesivamente numeroso de mayores que hayan manifestado su homosexualidad, pero por información de otros países, se ha comprobado que estas personas viven su vejez de una manera más autónoma y madura que muchos heterosexuales. La causa, según parece, puede deberse a que han sufrido y superado los prejuicios sociales desde la adolescencia, aprendiendo a la fuerza a seguir su propio camino.

Estos mayores han desarrollado toda una red de amigos y contactos afines a su estilo de vida e incluso se observa que viven la vejez de una manera más autónoma, pero con los mismos procesos en los casos de pérdida de la pareja.

I.3. Estilos de vida.

            Tanto para el individuo que alcanza la vejez sin pareja, como para el que lo hace manteniendo la que formó en su época joven o adulta, el entrar en edades avanzadas supone un cambio cualitativo, más allá de sus condiciones físicas y mentales, que requiere cierta preparación. Por ello, cabe hablar en esta etapa de la importancia que asumen los estilos de vida, máxime cuando los cambios sociales de los últimos años van ofreciendo nuevas oportunidades a las personas mayores que eran impensables hace unas décadas.

I.3.1. La jubilación.

El cese de la vida laboral al alcanzar la jubilación constituye un problema psicológico y social para muchas personas. En buena medida, por el modelo de sociedad, que prima el utilitarismo económico de la persona productiva, pero que no evita que un cambio de estas dimensiones requiera de planificación.

La vida activa en la vejez será posible siempre y cuando la persona haya planeado su retiro desde el punto de vista financiero, a fin de que no le sorprendan las estrecheces económicas. Condición esencial además es que se disfrute de una razonable salud física y mental, como ya hemos comentado. Las muertes rápidas después del retiro son frecuentes, pero es más frecuente que la mala salud precedaal retiro y no que lo siga. Hay individuos que se retiran a una edad temprana, tan pronto como sus ingresos se lo permiten, para así abandonar el trabajo como dominio principal de ocupación personal y poder dedicarse a actividades que les resultan más satisfactorias (aficiones, viajes y calidad de vida) y, en la medida en que tengan pareja, para dedicarle más tiempo, lo que se traduce en una mejora en la calidad de la relación entre ambos.

Si el retiro es voluntario y además se da en una edad temprana (60 años, aproximadamente), se puede decir que la pareja puede vivir esta etapa como una segunda oportunidad de crecer, gozar con la familia y disfrutar de la relación, experimentando una nueva dimensión de la intimidad, de acuerdo con las características del momento. En tal caso, es obvio que también su relación sexual puede ser más satisfactoria, al disminuir la presión externa a la pareja provocada por los horarios, las preocupaciones laborales y económicas, etc.

El retiro positivo y exitoso empieza con un estado mental, con el reconocimiento de que es una oportunidad para comenzar una nueva vida en muchos sentidos y puede verse como una liberación de las exigencias sociales.

Por el contrario, quien alcanza la jubilación sin haberla prácticamente planificado, puede registrar consecuencias bastante indeseables. Una persona que se ve obligada a retirarse a una edad en que todavía tiene suficientes recursos físicos y mentales para desempeñar tareas significativas, es muy probable que, al menos durante un tiempo, sufra una importante crisis psicológica o, en el peor de los casos, un colapso total. Educada desde joven en la mentalidad de una sociedad productiva, en que incluso el éxito se mide generalmente por el estatus social y económico, abandonar de repente toda actividad laboral puede interiorizarse como inutilidad personal y social, como una falta de sentido de la existencia y un sentimiento de que ya se es irrelevante.

Estas personas que rehúyen tenazmente esta situación, perciben el retiro como una admisión de derrota, de dejar de ser, de cesar en sus funciones sociales y personales y, si seguimos en esa línea de pensamiento, podríamos afirmar que casi irremediablemente, la persona tenderá a perder su autoestima, llenándose de pensamientos negativos sobre sí misma. En tales condiciones, difícilmente pueden mantenerse relaciones satisfactorias con los demás, y mucho menos relaciones íntimas e intercambios sexuales adecuados. Sobre todo, cuando en esta etapa quizás comienzan a primar más los aspectos sentimentales que los puramente físicos.

Otro factor que cabe tener en cuenta –si se vive en pareja- es que si ambos integrantes trabajan fuera de casa, no siempre se jubilan al mismo tiempo ni con diferencia de meses, sino que pueden pasar años desde el retiro de uno hasta el del otro. Siendo casi siempre el hombre el que lo hace primero. Ello puede provocar discrepancias, bien porque el miembro jubilado no asume el horario y la dedicación laboral del otro, bien porque el primero dispone de un tiempo libre y de deseos de llenarlo que el otro no puede atender. Además, mientras se mantenga la diferencia de dedicación a las tareas domésticas, puede haber agravios para la mujer, dado que los hombres en edad de retiro prestan menos de 8 horas a la semana de promedio a dichas tareas, mientras que las mujeres invierten unas 20 horas. Ello puede crear un clima de desavenencia que dificulta la aproximación y la actividad sexual compartida.

La jubilación, al igual que el matrimonio, es un gran paso acerca del que se ha de reflexionar pausadamente. La primera pregunta que toda persona debería hacerse es: ¿qué voy a hacer ahora?.

No cabe la menor duda de que quien ha vivido satisfactoriamente sus etapas previas, en su trabajo, familia, etc, probablemente lo viva como algo completamente natural y esperado, incluso como una oportunidad de cambiar de rutinas y  hacer nuevas cosas. Sea como fuere, es conveniente que la persona jubilada esté preparada para hacer todo ello desde el primer momento de su jubilación y no posponerlo, pues se arriesga a no llevarlo a la práctica.

Si accede a esta etapa de su vida en pareja, habría de plantearse y plantear a la otra persona el momento que se acerca, reflexionando sobre cómo va a influir esta situación en sus relaciones. Unas sugerencias adecuadas, según la gerontología, serían la preparación equilibrada de actividades para ambos (individualmente o en pareja) y que incluyeran:

- Una actividad individual y otra colectiva.

- Una actividad al aire libre y otra en interior.

- Un desgaste físico y una distracción que relaje.

De esta forma se podría evitar la inactividad, el aburrimiento  y el sobrecontacto con la pareja.

En resumen, la actividad es un atributo de la persona mentalmente saludable. Para que la vida tenga propósito, dirección y sentido, se requiere que el individuo defina un plan de acción que tienda a conservar las capacidades cognitivas, físicas, psicosociales y que le permitan seguir siendo parte de un grupo social y familiar como miembro con plenas facultades. Este plan ha de ser del interés de la persona y, si es posible, del de su pareja, para así garantizar la estabilidad emocional tan necesaria en esta última etapa de la vida.

La pasividad deteriora y estanca. Los propósitos que lleven a la persona hacia la realización de actividades que le produzcan placer sirven como remedio contra el deterioro, evitando preocupaciones enfermizas.

I.3.2. Familia.

Normalmente, cuando los padres se jubilan, puede ser para sus hijos un autentico alivio, siempre y cuando los problemas de salud no sean demasiado graves.

Podemos ver en los parques de nuestras ciudades bastantes abuelos y abuelas cuidando de los nietos mientras sus hijos trabajan, desempeñando un nuevo rol de vital importancia, especialmente en las grandes ciudades.

Afectivamente, este rol tiene unos beneficios muy positivos en los mayores, ya que disfrutan de los nietos y se sienten parte activa de la familia, e incluso mantienen su utilidad social. Pero ¿qué ocurre cuando se quedan solos?.

Cuando la pareja se mantiene, también puede ocurrir que los conflictos camuflados en períodos anteriores se pongan de manifiesto ahora irremediablemente, haciendo especialmente difícil la convivencia y minando los deseos de intercambio sexual.

Por otro lado, ya hemos visto que el traslado a casa de un familiar suele significar la pérdida de independencia y de espacio propio, y lo mismo sucede en algunas residencias geriátricas, donde se da esta circunstancia por motivos económicos. Parece que a partir de ese momento se da por hecho que los mayores no volverán a tener relaciones de pareja nunca más, relegándoles a un papel de padre-abuelo o madre-abuela. Los hijos tienden a negar la sexualidad de sus padres, quizás porque ellos mismos han sido educados en la erotofobia (miedo o rechazo a las manifestaciones sexuales). Se reproduce así un patrón de conducta estable entre padres e hijos.

Cuando se llega a este momento de dependencia, los mayores pueden crear vínculos de apego con sus hijos, porque son ellos los que cumplen con estas funciones, dependerá de lo que los hijos ofrezcan y de cuál sea la necesidad del mayor. De alguna manera, es como si el apego del niño al adulto se reconvirtiera ahora en el sentido contrario. En el caso de que la pareja se conserve, este apego se establece entre ellos, lo que puede aportar gran serenidad y seguridad hasta el final.

I.3.3. Contexto social y económico.

La generación que ahora tiene 65-70 años nació en la década de los 40. Esto significa que sus integrantes provienen de una educación y una actitud hacia el sexo que nada tienen que ver con las actuales. Su infancia fue en un contexto de miseria y hasta de hambre, bajo una dictadura en que la familia y la doctrina católica más ortodoxa eran el eje moral del país, siendo admitido el sexo únicamente como medio de procrear y en el seno del matrimonio. No recibieron ninguna información sexual, y todo lo relacionado con ella era castigado y condicionado para sentir culpa. Ello determina un gran lastre del que sólo con ardua introspección es posible liberarse, lo que, evidentemente, sólo ha estado al alcance de una minoría.

Pero, a pesar de ello y gracias a la capacidad de adaptación del ser humano, muchos han conseguido aprender a disfrutar de la sexualidad, en su matrimonio o de manera encubierta.

Las experiencias sexuales pasadas (su cantidad y calidad) no pueden indicar  cómo serán las relaciones en la vejez. Al preguntar a mayores sobre estas experiencias, muchos han confesado que cuentan con una historia sexual pobre o nula antes del matrimonio.

Sobre la calidad, al carecer de información, las prácticas sexuales se focalizaban casi exclusivamente en el coito y especialmente en el hecho de que fuera el hombre el que imponía su patrón sexual a la mujer.

Entre esa generación, alrededor del 88% de los hombres dicen no haber tenido nunca amantes y en el caso de las mujeres, la cifra asciende al 97 %, cantidad que aumenta en el caso de personas católicas practicantes. La cifra de ancianos independientes era bastante reducida, compartiendo hogar familiar en la mayoría de los casos.

La situación económica en general hacía o puede hacer que se arrastren multitud de factores que influyen en la actividad sexual. Si el hogar es caliente, si hay dinero en el banco…nuestros mayores descienden en su mayoría de este entorno, así que no es raro que, a pesar de haber mejorado su calidad de vida, todavía tengan temores y preocupaciones relativas a la escasez…

A veces son fantasía, pero otras veces son realidad, habiendo muchas personas mayores que llegan a estas edades con una pensión ridícula o que habitan pisos que no están acondicionados, lo que se ha agravado con la crisis de los últimos años, introduciendo nuevas preocupaciones poco propicias para que el deseo y el erotismo hallen un entorno agradable y propicio.

II. PAUTAS Y TERAPIAS.-

Los mayores tienen la misma necesidad de intimidad que otras personas más jóvenes, y aunque tienen más dificultades de tipo social para conseguirla, también, en muchos casos, cuentan con mejores recursos personales para resolverlo (capacidad comunicativa, ternura, afecto…)

Tendríamos que plantearnos un cambio de mentalidad para, a su vez, conseguir una mejor salud psicológica de nuestros mayores, reeducando tanto a mayores como a sus hijos respecto a este tipo de prejuicios. Esta podría ser la forma de convertirnos en una sociedad cada vez más tolerante.

Aprovechando que actualmente hay una preocupación e inversión en el ámbito social hacia estas edades, no estaría de más que asociaciones, centros de día y residencias invirtieran determinado tiempo en la reeducación y apoyo a personas que experimentan este momento vital y a sus familiares.

Entre otras actuaciones, CLEMENTE CARRIÓN menciona las siguientes, dirigidas a los factores que integran la inteligencia emocional:

“Favorecer con el enfermo, o simplemente como estrategia habitual de prevención de las enfermedades mentales de la persona de edad avanzada, aquellos tipos de actividades que sigan manteniendo la iniciativa del propio yo, como pueden ser la autonomía personal en los hábitos de limpieza, y en todas las actividades que el interesado pueda realizar por sí mismo, aunque pueda presentar dificultades aceptables.

Creación de un ambiente en donde la persona mayor pueda manifestar su iniciativa, así como reforzar su propio protagonismo en aquellas actividades que todavía pueda realizar por sí mismo, y no suplirlo por lo tanto en ninguna de las actividades o responsabilidades de las que pueda ocuparse todavía.

Manifestar de manera asidua una escucha atenta de sus opiniones con el refuerzo positivo de sus aportaciones, de forma que se siga sintiendo miembro activo de la comunidad familiar, o de la comunidad social de acogida en donde se encuentre.

Favorecer todo tipo de manifestaciones emocionales de afecto, tanto en sentido receptor como en sentido emisor, con las personas con las que pueda tener una relación familiar, como con amigos o conocidos dispuestos a seguir manteniendo una relación personal.

Uno de los más graves problemas de la mayoría de las instituciones públicas o privadas que tienen por objeto el dar soporte a las familias en el trato y cuidado de las personas mayores, es la indiferencia con que se los acoge, y la falta de comunicación personal en la que se ven inmersos a pesar de encontrarse con múltiples personas en la misma situación que ellos.

Determinadas actividades institucionalizadas mediante la ayuda de un monitor (juegos de azar, lectura comentada, dedicación a actividades de canto, dramatización, músicoterpia, o simple favorecimiento de la actividad física sistemática, etc…) pueden favorecer el mantenimiento de su propia actividad vital o mental” (CLEMENTE, 2006).

Los psicólogos y profesionales de la salud pueden contribuir de forma eficaz a la eliminación de tabúes y prejuicios sobre la sexualidad en la vejez, mejorando la calidad de vida de las personas mayores y logrando al menos que estén en condiciones de :

- Asumir la sexualidad de una manera enriquecedora, placentera y responsable.

- Desarrollar una autoimagen positiva para sustentar su autoestima y       autonomía, asumiéndose en la originalidad de su identidad de género y de su orientación sexual.

- Poder vivir su sexualidad con placer, desligada de la función reproductiva.

-Desarrollar la capacidad de sentir, gozar, amar y ser amado

En el terreno más terapéutico, podrían experimentarse estos problemas a través del role-playing, discusión y puesta en común de las dificultades que surgen en la vida diaria y hablando con especialistas sobre el tema.

En buena medida, y puesto que la vejez es una etapa que involucra todos los aspectos de la vida del individuo, las pautas y terapias no pueden descuidar –si es necesario- ciertos refuerzos que combatan la posible pérdida de autoestima que sufre quien llega a edad avanzada sin una preparación psicológica adecuada.

A partir de los 50 años se va haciendo más evidente el desgaste físico, la perdida de frescura y de cualidades, y ya entrados los 70, y con los cambios que hemos ido mencionando en este trabajo, se entra en una fase de “duelo”, en la que merman la fuerza, el vigor, las capacidades. En cambio, se va ganando en experiencia, capacidad de adaptación y madurez. A pesar de ello, sobre todo si se pierde la pareja, es bastante común encontrar personas cuya autoestima se ve afectada

Desde un punto de vista psicológico, sería recomendable trabajar y promover diferente terapias para promover la salud de manera integral, es decir, abarcando el plano cognitivo, afectivo y social.

En cuanto a una intervención específica en lo sexual, se propondrían actividades en las que :

- poder adquirir una visión de la sexualidad no centrada en el coito.

- aceptar la figura corporal y los cambios que supone ser mayor.

- conocer las dificultades psicosociales que se pueden tener, así como los recursos y ayudas para no sufrirlas.

- conocer cambios respecto a la salud y tipos de ayudas.

- adquirir y mantener hábitos de higiene, alimentarios, y actividad física de acuerdo con su edad y estado de salud.

- concienciar al mayor de su derecho a la  vida privada y al uso de sus libertades de acuerdo con su estado.

- enriquecer su red social.

- adquirir actitudes de tolerancia hacia personas que vivan su sexualidad de una forma diferente, evitando críticas y presiones.

III. CONCLUSIONES.-

            Ya en los años sesenta del pasado siglo, los estudios de KINSEY, MASTERS y JOHNSON, y otros, aun centrados en las relaciones sexuales directas, achacaron la posible disminución de la conducta sexual, en frecuencia, duración o intensidad, a factores ambientales y mentales más que a los fisiológicos. Citaban, entre otros factores involutivos, la monotonía, los excesos en la comida o en la bebida, la fatiga mental y física, problemas emotivos, económicos o laborales, y, en el caso del varón, el “temor al desempeño”, en buena medida asociado o como resultante de algunos de los anteriores.

Los estudios posteriores han confirmado la conclusión central entonces formulada, observando que el comportamiento sexual no desaparece en absoluto con los cambios hormonales y fisiológicos, ni siquiera bajo su forma interpersonal de relación coital. Por el contrario, la frecuencia en la práctica del coito sólo empieza a disminuir por encima de los setenta años en ambos sexos, es decir, bastantes años después de aquellos cambios (RATHUS y otros, 2005). E igualmente observan los estudios actuales –como ya hicieron los de hace cinco décadas- que tal disminución es más lenta para los que han mantenido una mayor frecuencia sexual.

Por ello, incluso en el caso del varón, donde puede constatarse más fácilmente su imposibilidad orgánica para el coito, aunque se observe una disminución de su respuesta sexual respecto a edades menos avanzadas, no es de manera brusca ni llega a incapacitar sexualmente. Según los datos de LÓPEZ y OLAZÁBAL (ed. de 1998), las reacciones de impotencia del varón no comienzan a aumentar hasta pasados los 65 años, tras los cuales puede llegar a afectar a un 25 por 100 de los observados, sólo casi el doble de entre el 13 ó 15 por 100 que se registra en la edad adulta. Tras los 75 años, ya asciende a un 55 por 100, y se incrementa a un 75 por 100 cuando se superan los 80 años.

A este respecto, cabe subrayar que la misma experiencia sexual, del tipo que sea, cuando se llega al orgasmo, es beneficiosa para el organismo, incluso en el estricto terreno fisiológico, y ello puede coadyuvar a que una práctica sostenida retrase la edad en que empieza disminuir su frecuencia. Por un lado, porque provoca y libera endorfinas, que inducen al sueño y mejoran, por consiguiente, cuadros de posible insomnio, favoreciendo la recuperación física y neurológica durante el descanso. Por otro lado, para las mujeres, es un factor que retrasa la pérdida de elasticidad de los genitales y la consiguiente atrofia vulvovaginal, posponiendo así las sensaciones dolorosas, o molestas, que pueden registrarse. Finalmente, para el varón, conlleva una descongestión de la próstata, evitando así las secuelas orgánicas y funcionales asociadas a las dificultades de este órgano masculino.

En cambio, la ausencia de prácticas sexuales, por problemas de salud, de soledad, de rechazo por el entorno o la familia, o de otro tipo, a los que se ha ido haciendo referencia en los correspondientes epígrafes, pueden acelerar el deterioro sexual. Como también lo hacen ciertos fármacos, de frecuente consumo a esas edades, que incluso pueden llegar a inhibir la líbido. Así, los medicamentos psicótropos y antidepresivos reducen el deseo en ambos sexos, como también los diuréticos y cardiovasculares, que además afectan a la potencia en el varón, y ocasionan trastornos neuronales en la mujer. Teniendo también influencia sobre la potencia y la eyaculación del varón los analgésicos y antiinflamatorios, que, en cambio, parecen menos agresivos para las mujeres, al igual que las benzodiazepinas, que no parecen provocar alteraciones significativas.

            Aun así, en edades en torno a los ochenta años, y pese a las disminuciones en la frecuencia, duración o intensidad de la actividad sexual, es llamativo observar, en contra de los tópicos y las percepciones sociales tradicionales, que el grado de satisfacción sexual de los individuos no decrece respecto a sus años anteriores, y que incluso buena parte de los sujetos afirma que ha mejorado en comparación con la que sentían durante su etapa adulta. Concretamente, un 74 por 100 de los hombres y un 80 por 100 de las mujeres que han llegado a esa edad declaran sentirse igual o más satisfechos que en sus etapas más jóvenes (RATHUS y otros, 2005).

Probablemente, y dado que es una realidad la disminución de la actividad sexual directa por encima de los setenta o setenta y cinco años, cabría entender que la sexualidad adopta nuevas formas y expresiones a partir de esas edades avanzadas, que no son por ello menos satisfactorias. En el caso de relaciones interpersonales, ya no perseguiría siempre el coito como único modo de satisfacción, y ni siquiera quizás la experiencia del orgasmo tal y como se entiende para la etapa juvenil o adulta. En edades avanzadas, el contenido de la sexualidad puede dar más valor al intercambio afectivo, a las caricias, a formas de expresar la ternura (LÓPEZ SÁNCHEZ, 2006), que al fenómeno coital y a la explosión física que con él se produce.

            Por eso, y aun teniendo en cuenta las limitaciones físicas o fisiológicas que puedan darse en unos y otros individuos, parece posible concluir que son más los factores psicosociales imperantes los que determinan un deterioro de la sexualidad de los ancianos. Probablemente, cuando las generaciones hoy jóvenes alcancen la vejez puedan registrarse pautas sexuales muy diferentes a las actuales, al haber partido ya desde su infancia y juventud de una aceptación explícita de la sexualidad, habiéndola podido vivir sin culpas, presiones sociales ni factores tan inhibidores como los que han padecido nuestros ancianos de hoy.

La importancia del ejercicio físico y de una dieta y unos hábitos de vida saludables, cada vez más reclamados por los clínicos y los gerontólogos, pero también por la conciencia social dominante, seguramente variarán las condiciones psicofísicas en que se alcance la vejez (CZUBAJ, 2006).

Pero, sobre todo, la admisión social del sexo como necesidad personal e interpersonal, la adecuada educación sexual en edades preadolescentes, la mayor comunicación intergeneracional respecto a estas cuestiones, y, en una palabra, la caída del sexo como tabú oculto e innombrable, generará por fuerza nuevas actitudes en torno al mismo cuando se entre en edades avanzadas. Se evitaría así la actual situación, en la que “quizás la mera represión con que normalmente juzgamos cualquier manifestación de afecto entre personas mayores, precisamente cuando más lo necesitan y menos contraindicaciones tienen para ellas, pueda ser la clave del rápido deterioro, tanto emocional como mental y biológico, en el que caen muchos de nuestros mayores cuando se encuentran de golpe en un campo totalmente negativo o poco favorecedor de la actividad biológica, mental o emocional” (CLEMENTE.CARRIÓN, 2006)

Asimismo, la habitualidad con que ya empiezan a verse los centros, viajes y actividades en que la tercera edad comparte y se comunica inquietudes y distracciones, facilita la aceptación social y familiar de que los viejos –incluso cuando están sin pareja estable- busquen compartir sus sentimientos, sus aficiones y –por qué no- sus impulsos y deseos sexuales, quizás no reducidos ni limitados al mero intercambio carnal. Ejemplos pueden registrarse ya, por parte de quienes mantienen contacto frecuente con ancianos, de que éstos encuentran plena satisfacción en poder mantener tertulias, conversaciones, bailes, y otras actividades, compartidas con personas del otro sexo. Y que aun sin intercambio sexual explícito, encuentran en ello una proyección de su sexualidad, incluso mejorando su autoestima y estimulando su cuidado interno y externo, su acicalamiento y, en suma, su dimensión erótica y afectiva, redundando en una mejora de su salud y de su estado de ánimo.

En la exploración y el disfrute de esas otras dimensiones de la sexualidad podría residir, en buena medida, el mantenimiento de una actividad sexual satisfactoria durante toda la vida lúcida de la persona.

1 Comentario

  1. Soy jubilado y psicólogo clínico me ha servido mucho para dar una charla coloquio a un grupo de jubilados de la ONCE.

Escribir una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos necesarios están marcados *

Puedes usar las siguientes etiquetas y atributos HTML: <a href="" title=""> <abbr title=""> <acronym title=""> <b> <blockquote cite=""> <cite> <code> <del datetime=""> <em> <i> <q cite=""> <strike> <strong>