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Publicado por en ago 2014 en Blog | No hay comentarios

MIEDOS INFANTILES

MIEDOS INFANTILES

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Los niños experimentan un amplio abanico de miedos durante todo su desarrollo. La mayoría de estos miedos son cortos en el tiempo y de una intensidad moderada, además son propios de la edad y sirven al niño de aprendizaje y preparación para etapas posteriores. Estos miedos no suponen un problema grave, ya que el niño por si mismo (o con ayuda de sus progenitores o compañeros) es capaz de sobrellevarlos y superarlos. Sin embargo, consideramos que existe un problema de miedo cuando éste es resistente en el tiempo, tiene una mayor intensidad y supone una alteración en el funcionamiento diario del niño. Por ejemplo, un niño que tiene miedo a los médicos y cada vez que debe acudir a éstos se ve desbordado por una fuerte emoción negativa, manifestando lloros, pataletas y un fuerte malestar.

El miedo es una emoción, normalmente desagradable, que aparece en las personas ante la percepción de algún tipo de amenaza, bien sea real o imaginaria. Es una emoción primaria, por lo que se da en todas las especies animales y sirve como sistema de alarma ante peligros que pueden perjudicar el bienestar tanto físico como psicológico de las personas.

Sensación desagradable por todo el cuerpo que sentimos cuando nos acercamos a un alto acantilado sin ningún tipo de protección.

Emoción intensa que nos hace correr cuando a pocos metros de nosotros percibimos las luces de un autobús junto con el sonido ensordecedor del claxon y el frenazo de las ruedas. Al llegar a la acera nos damos cuenta que el semáforo estaba en rojo.

Un niño pequeño no pierde de vista a sus padres y no se aleja demasiado de ellos cuando investiga los alrededores y curiosea por un parque nuevo.

Estas reacciones no aparecen en vano, sino que nos están avisando del peligro al que estamos sometidos y por tanto nos ayudan a ponernos a salvo. En este caso el miedo nos protege, es una herramienta de supervivencia básica en todas las especies sin la cual nos veríamos expuestos a numerosas situaciones peligrosas y con un alto riesgo de sufrir algún tipo de daño.

Este sistema de alarma no es infalible y se puede alterar en determinadas circunstancias. Por ejemplo, se puede activar ante situaciones que no son peligrosas o por el contrario, permanecer en modo off en contextos con alto potencial de peligrosidad. Teniendo en cuenta estas variaciones podríamos hablar de niños temerarios cuando los pequeños no presentan miedo ante situaciones que entrañan peligro objetivo. Son niños en los que el sistema de alarma del miedo permanece alterado, en este caso incluso podríamos decir que está desconectado. Estos niños, no conscientes del peligro al que se exponen, arriesgan su vida y en ocasiones están indefensos ante situaciones de riesgo. Por otro lado podríamos hablar de niños temerosos, los cuales también tienen el sistema de alarma afectado, concretamente está emitiendo señales de peligro cuando en realidad no existen estímulos dañinos a su alrededor. En este caso hay presencia de miedo ante situaciones sin ningún tipo de riesgo real, por lo que el niño siente malestar y sufrimiento ante situaciones inocuas. Y por último podríamos hablar de casos donde el sistema de alarma psicológico no tiene alteraciones. Por un lado estarían los niños prudentes, aquellos que tienen miedo cuando realmente existe el peligro, se trataría pues de una emoción saludable. Por otro lado estarían los niños valientes que son aquellos que no sufren ningún tipo de miedo innecesario. Saben que ante determinadas situaciones pueden estar solos y eso no les entraña ningún peligro.

 

Al tratar el tema de los miedos, muchas personas se preguntan qué diferencia un miedo de una fobia. Concretamente hablamos de fobias cuando las personas sufren un miedo extremadamente elevado ante estímulos inofensivos, es decir, el miedo es desproporcionado y además acarrea un importante malestar para la persona que lo sufre, manifestando reacciones exageradas en los tres sistemas de respuesta de la ansiedad (fisiológica, cognitiva y el conductualmente). La respuesta de la persona ante un estímulo inocuo es desproporcionada y desadaptada. En el caso de los niños, la diferencia entre fobia y miedo es más complicada por la existencia, ya mencionada anteriormente, de numerosos temores que acompañan al niño durante el ciclo evolutivo y que desaparecen con el tiempo. Por tanto, en estos casos tenemos que tener en cuenta la duración del miedo y la edad del niño.

En relación con el miedo y las fobias existe el factor de la preparatoriedad. A lo largo de los años y alrededor de las diferentes culturas se ha observado cómo, de forma general, los niños temen a las mismas cosas. Esto se explica debido a la evolución de la especie humana. Nuestros antepasados más remotos estaban rodeados de peligros naturales a los que debían hacer frente día a día: serpientes, depredadores, tormentas eléctricas… Podemos decir que las personas venimos programadas para padecer esta clase de miedos “antiguos”, sin embargo y paradójicamente, en la sociedad moderna nos resultaría mucho más útil temer a objetos o acciones que resultan más peligrosas que el hecho de tener que enfrentarnos a una serpiente o a una araña, como por ejemplo, no ser precavido con el uso de la moto o no usar adecuadamente los aparatos eléctricos de casa. Por lo general, los niños no muestran miedo al hecho de secarse el pelo cerca de una bañera llena de agua ni tampoco se asustan por meter los dedos en los agujeros de un enchufe de pared. Las personas no estamos preparadas genéticamente para temer a estos peligrosos estímulos “actuales”, por lo que en estos casos resulta fundamental que los progenitores (a través de la educación y las normas aplicadas en casa) enseñen y por tanto, “programen” las alarmas en sus hijos con la finalidad de prevenir accidentes.

Teniendo en cuenta las edades de los niños podemos hablar de cuáles son los miedos más frecuentes en cada momento del ciclo evolutivo. Por ejemplo, niños entre cero y dos años temen principalmente a los ruidos fuertes, a la pérdida de base de apoyo, a la separación de los padres, a los extraños… En los niños de tres a cinco años suele disminuir el miedo a la pérdida de apoyo y a los extraños y aparecen temores nuevos como el miedo al daño físico, a las personas disfrazadas y a la oscuridad. Durante los seis hasta los ocho años los miedos más frecuentes son a los seres imaginarios, a las tormentas o a quedarse solo en casa. Y por último, los niños de nueve a doce años temen al fracaso escolar, a la muerte y empiezan a preocuparse por su aspecto físico y por las relaciones con sus iguales.

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Con todo esto es importante señalar que, a pesar de la alta frecuencia de miedos en la infancia, sólo alrededor de un 5% de los niños sufren miedo patológico o fobias infantiles que deban considerarse clínicamente significativas.

Si nos paramos a observar el origen de la fobia de los niños, muchos padres coincidirían en afirmar que “tiene los mismos miedos que tenía yo”, “lo ha heredado de mí, yo también soy muy miedica”. Es cierto que la probabilidad de que un niño sufra miedos infantiles es mayor si sus padres también los sufren. Esto no significa necesariamente que se haya heredado el miedo a través de la genética, podríamos hablar aquí del efecto modelado que tiene los padres sobre los hijos. El niño copia las reacciones de miedo de sus progenitores cuando se enfrentan al estímulo temido, por ejemplo, cuando el papá empieza a gritar y saltar ante una cucaracha que ha aparecido en el baño. En este caso sería la pauta educativa la que tendría mayor efecto sobre las reacciones posteriores del niño. Pero no sólo la educación y la genética influyen en la aparición de los miedos infantiles, existen otros factores que pueden explicar, en mayor o menor medida, la aparición o mantenimiento de los temores. Entre dichos factores, ejerce un papel importante también la historia personal del niño. Es más probable que un niño manifieste miedo si previamente ha tenido malas experiencias relacionadas con el estímulo temido o si ha sufrido experiencias negativas traumáticas, en éste caso podemos decir que es más vulnerable y susceptible a padecer fobias. Además, también se reconoce que cuantos menos recursos posea el niño para hacer frente a situaciones estresantes, con más facilidad reaccionará con una respuesta desadaptada frente a estímulos concretos.

En éste punto debemos también considerar aquellos miedos que son infundados en los niños, miedos que se crean al niño con la finalidad de que haga más caso o se porte bien, los cuáles y como recomendación, deben ser evitados en la medida de lo posible. En muchas ocasiones, se asusta a los infantes diciéndoles frases que resultan poco adecuadas a pesar de su efectividad, ya que se están provocando miedos de una manera indebida.

            Si no te terminas el plato vendrá el hombre del saco.

            ¡Cuidado, cuidado! No te vayas muy lejos que hay un perro.

Estas frases suelen ser utilizadas por algunos padres, en momentos concretos, para negociar con sus hijos y conseguir fácilmente que se terminen la comida o que no se muevan de su lado cuando están en el parque. Lo que se puede provocar con esto, de manera no intencionada, es que el niño padezca un fuerte malestar innecesario cuando vea un perro por la calle o que tenga pesadillas y malos sueños.

Una vez llegados a este punto, ¿qué se puede hacer para que un hijo no tenga miedo? Desde hace muchos años se viene experimentando en cómo eliminar los miedos en las personas e incluso cómo crearlos, para entender cuál era el funcionamiento básico de éstos. Se ha demostrado que para dejar de temer algo nos tenemos que exponer en repetidas ocasiones a ello, y así podremos comprobar por nosotros mismos que es inofensivo o que somos capaces de controlar la situación. Un niño que teme subir en bicicleta podrá superarlo si poco a poco se va exponiendo a ésta, va haciendo trayectos cortos acompañado de sus padres, después un poco más largos, después con sus padres a una mayor distancia y así sucesivamente hasta que vea que no sucede nada malo. Lo mismo si un niño teme a la oscuridad o a los perros. Aunque es un consejo muy fácil teóricamente, a la hora de ponerlo en práctica resulta mucho más difícil. Los miedos crean un fuerte malestar en aquellos que los sufren y el acercarse al estímulo en cuestión resulta muy agresivo y les supone un gran esfuerzo.

Cuanto antes se haga frente a un miedo más fácil será su recuperación. El temor provoca que se evite reiteradamente al animal u objeto temido, por tanto, con el paso del tiempo se va aplazando más y más el afrontar la situación estresante y el miedo se va haciendo más fuerte y resistente. Es probable que a raíz de un miedo se creen otros relacionados con el primero y así se va generalizando el malestar a un mayor número de situaciones. Esto provoca un empeoramiento del problema y una mayor afectación al funcionamiento normal del niño, que día a día tiene que lidiar con un mayor número de dificultades y evitar un mayor número de situaciones.

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