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Escrito por en jun 2017 en Sin categoría | 0 comentarios

MISOFONÍA

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chicle, chicle, chicle

J.A. 24 años

Chicle. Chicle. Chicle. Chicle.

Cada vez que miro a la izquierda sólo veo el sonido del chicle. Ver un sonido así de molesto es lo que siento. La boca en su lento movimiento y el viaje infinito del chicle, que da vueltas y vueltas y vueltas (el cursor del texto también molesta).

Estar en el trabajo supone una desconexión de pensamiento. No del pensamiento en sí, ya que una parte de mi mente sigue ejercitando, buscando soluciones a problemas; se trata de superponer el individuo trabajador al individuo del ego, aunque lamentablemente, no en la totalidad que me gustaría.

De entre todas las cosas que abandono en el día a día, que dejo en segundo plano, las que más a menudo aparecen son las molestias. Ponerle un sonido a algo visible, hacer que algo en movimiento sea ruido (el cursor sigue parpadeando y sigue siendo un incordio, la magia reside en saber esconderlo), percibir el entorno como estrés, sentir vértigo sentado en una silla, la sensación de velocidad estando quieto. Y es que el sonido de mascar chicle no es lo único, ni la pompita que explota de vez en cuando, ni cuando parece que ya no suena y de repente sigue sonando.

El clic de un bolígrafo. Aporrear un teclado. El tarareo incansable. El tamborileo de unos dedos ociosos. Los juegos de manos con el lápiz. Y otra vez el chicle. Y otra vez el chicle.

Lo bueno de estas sensaciones es el nivel de abstracción que requiero, ya que una vez lo logro, consigo llegar a concentrarme como nunca he creído posible; lo malo: que prácticamente nunca lo logro.

Al final, la magia está en evadirse de todo: el ruido se evita con música y las molestias visuales (que llego a concebir como ruidos) se evitan disipándolas, apartándolas de la vista. Sin lugar a dudas, si alguna vez se llegase a practicar algún tipo de tortura, lo único que le pido al azar es que no sea un sonido repetitivo. Y que si fuese finalmente algo así, que jamás la practicasen en mí, porque si un sabor debe tener la muerte, sin lugar a dudas, debe de ser ése: la repetición del ruido hasta desmenuzarme entre delirios

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