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Maltrato de pareja

El maltrato de pareja es un fenómeno extendido en todas las sociedades, culturas y clases sociales. Puede consistir en agresiones físicas o sexuales, pero también en agresión psicológica (humillación, desprecio, infravaloración). En los casos más graves, conduce a la muerte.

Su prevalencia en España, según los casos denunciados, supera el 5 por 100 de las mujeres de 15 a 65 años, con más de 120.000 denuncias anuales, de las que sólo una docena, según la Fiscalía General del Estado, podrían ser falsas. Pero esto es una mínima parte de la realidad, como muestran los casos de muerte sin denuncias previas, por el silencio, el disimulo y la invisibilidad con que lo viven la mayoría de las víctimas, hasta forzadas a veces por su entorno cercano a ocultar su situación.

La mujer maltratada puede padecer ansiedad, depresión, estrés postraumático, aislamiento o disfunción social, victimización, identificación con las pautas del agresor, pánicos paralizantes, enclaustramiento y dependencia, anulación de su personalidad y otras patologías orgánicas.

No es un problema privado, individual ni por características personales del agresor o de la víctima, sino social, por la desigualdad y asimetría de los roles de hombre y mujer, con relaciones de dominación-sumisión, en lugar de respeto, cooperación e igualdad entre ambos. El rebrote entre adolescentes y jóvenes, favorecido por ciertos medios de comunicación social con series y programas, asienta desde sus inicios las pautas de jerarquía, celos y posesión exclusiva (“no te pongas esa falda”, “no salgas con esa gente”, “conéctate a la hora que te digo”, etc.) que desembocan en relaciones desiguales y abusivas de control y dominación.

Por eso, el tratamiento, a partir de una primera entrevista sin estructurar para que la mujer se manifieste con plena libertad y espontaneidad, y otra estructurada para que cuente lo que oculta o más le cuesta decir y concrete su entorno y circunstancias, debe perseguir el apoderamiento de la mujer, el apoyo social e institucional, reforzar su autoestima como resistente y superviviente a esa situación  y admirar su valor por intentar romper y salir de ese búnker  buscando ayuda, en lugar de “compadecerla por haber aguantado tanto”, lo que indirectamente la culpabiliza como mujer pasiva y trasluce una posición de superioridad del terapeuta. La reestructuración cognitiva y conductual acerca de los roles sexistas y la relación de pareja, los estilos de afrontamiento, solución de problemas, información legal e institucional frente a la inseguridad y riesgos en que se encuentra, el  restablecimiento de una red de apoyo social y de sus habilidades sociales y de comunicación, son objetivos básicos. Por eso, las terapias de grupo, que evidencian la dimensión social y no individual del problema y refuerzan el apoyo social, junto a las individuales necesarias, son muy efectivas.